• La única apuesta inteligente es una alternativa a la independencia que solo puede surgir de Madrid

Provocación. Amenaza. Los dos contendientes del enfrentamiento han definido con una enorme precisión la actitud del adversario. La declaración de los independentistas fue calificada de provocación por Rajoy. Lo es. Neus Munté consideraba la respuesta del presidente del Gobierno como una amenaza. Lo es. ¿Y ahora qué? Puede ser que el Estado cumpla la amenaza a la primera -en realidad a la segunda, porque dejó celebrar el 9-N- y se desencadene el choque en las próximas semanas. No es imposible pero sí muy poco creíble, por falta de tiempo y de sustancia en la provocación. Si el Estado no cumple ahora la amenaza, nos encontraremos en el comienzo de la confrontación fría. Salvo la escala, el símil encaja. En la guerra fría, los dos contendientes no cesaban de provocarse, amenazarse, armarse y prepararse para un combate… que no llegó nunca. Les refrenaba el temor a la devastación universal. El vencedor podría perder tanto como el derrotado.

En nuestra confrontación fría, los razonamientos que aconsejan no llegar al choque frontal son de otro tipo. En las situaciones de tensión, y a fe que asistimos al inicio de una escalada, un cambio mínimo puede comportar giros imprevistos y a menudo no deseados. Aun así, los conflictos también responden a ciertas lógicas, y en este caso, existen unos límites evidentes. Del lado independentista, no hay mayoría que legitime el paso definitivo de la DUI. Por parte del Estado, la intervención de las fuerzas del orden, imprescindible si se quiere aplicar el famoso artículo 155, debería ser masiva y comportaría el riesgo de independencia inmediata de Catalunya, por poco excesivo que fuera el uso de esta fuerza: en la Unión Europea, y la OTAN, no se dispara contra la propia población. A Rajoy le temblaron los piernas a la hora de hacer efectiva la prohibición del 9-N y retirar las urnas. Aquella debilidad es un mal precedente para convertir en creíbles las actuales amenazas.

La estrategia independentista pasa por el incremento controlado de la tensión, a la espera de lograr la mayoría gracias a la incorporación de la izquierda llamada alternativa. En este sentido, el informe comparativo de la Fundación Bertelsmann sobre la justicia social en Europa es demoledor para España, que se sitúa en la cola, detrás de Portugal. Bertelsmann es la primera editorial del mundo, para nada antisistema, pero su informe evidencia como la recuperación se combina con el incremento de la injusticia social. Y si en España continúa galopando la desigualdad sin perspectivas de mejora, cosa que se acabará de comprobar el 20-D, la mayoría social independentista a corto o mediano plazo está prácticamente asegurada.

DOS RIESGOS

¿Se trata pues de una estrategia con pocos riesgos? Tiene dos, nada despreciables. Se llaman precipitación y exceso. La provocación, como telón de fondo puede ser más o menos útil al proceso, pero en primer plano deben situarse medidas concretas para paliar el riesgo de exclusión y sobre todo, sobre todo, la apertura de un proceso constituyente creíble, y por ello limpio, con participación de los interlocutores sociales. Si Junts pel Sí, arrastrada por la CUP, apuesta por el aumento excesivo de la tensión, el proceso puede asustar a parte de los propios. El mandato popular para declarar la independencia es imprescindible y hoy por hoy no se ha producido. Para prepararla, es posible, para declararla, no.

En cambio, la estrategia del Estado, a pesar de su contundencia, con la apelación a la fuerza como último recurso, no parece la más indicada para hacer frente a una desconexión que no pasa de simbólica y selectiva. El incremento de la tensión, inexorable según los parámetros de unos y otros, no es incompatible con una oferta complementaria del Estado para mejorar la relación con Catalunya. Incluso sin diálogo entre el independentismo y el Estado, una oferta de este tipo, sometida a votación popular, puede ser la única vía para ahorrar la gran colisión o por lo menos aplazarla a la espera de una solución arbitral.

EL ESCENARIO DE LA BATALLA

De momento, la confrontación es fría, pero se puede calentar por cualquiera de los dos lados, o por los dos. ¿Entonces? Llegada una situación de choque, se puede imaginar el escenario de una batalla entre las fuerzas del orden, armadas, y las vanguardias independentistas, desarmadas pero mucho más numerosas, alrededor o delante de un número escaso de edificios. El Parlament, el Palau de la Generalitat, la Delegación del Gobierno, la de Hacienda, etcétera. Aunque la batalla fuera incruenta y se impusiera el Estado, España acabaría perdiendo Catalunya, porque en las siguientes urnas, la independencia arrasaría como rechazo al recurso de la fuerza.

En síntesis, la estrategia independentista es arriesgada, pero la del Estado es miope. La única apuesta inteligente, la única, consiste en una oferta alternativa a la independencia. Y hoy por hoy, solo puede surgir de Madrid.