La denominada «tercera vía» no está de moda en Catalunya. Sin embargo, con éste u otros nombres es la alternativa que seguramente acabará abriéndose camino para buscar soluciones al «conflicto» (así, en «singular», como se denomina en Euskadi), porque a la hora de la verdad solo funcionará el pacto. Mientras tanto, el «sí-no», tan querido por los que lo alientan, sigue dominando la escena política.

En declaraciones a Noticias de Gipuzkoa, Pere Macias, el hasta ahora portavoz de Convergència en el Congreso de los Diputados, decía el pasado 27 de octubre: «En Cataluña hay dos modelos claros: el que nosotros defendemos y el unionista que propugnan sobre todo el PP y Ciudadanos, que consiste en recentralizar todo lo que se pueda. Y luego hay una serie de no modelos, desiderátum, propuestas oníricas como la de vamos a reformar la Constitución». O sea, que más allá de Junts pel Sí(que, a pesar de ser los buenos, tampoco parecen avenirse mucho con la claridad) y del eje del mal (PP-Ciudadanos) todo es llanto y crujir de dientes. Un ejercicio, en fin, de maniqueísmo interesado (o conmigo o contra mí), que niega la realidad e induce al enfrentamiento.

Pero ni Pere Macias (que sabe mucho de negociación y acuerdos tras sus más de ocho años en las Cortes), ni nadie con dos dedos de frente puede cuestionar que los conflictos (todos) acaban en un pacto. Y en el que afecta a Catalunya, que se libra en los estrictos márgenes de la política, razón de más. Porque muy lejos de la claridad que proclama, el Junts pel Sí no explica de ningún modo cómo y dónde quiere llegar. Porque la «desconexión» que se proclama no parece tan sencilla como su símil: pulsar el interruptor de la luz.

Se barrunta que el aventurero juego capitaneado por Artur Mas, mal que le pese a algunos de sus votantes, no tiene otra finalidad que tensar la cuerda con el poder central y sacar toda la tajada que pueda. Ya se sabe, el que no llora no mama y, en consecuencia, cuanto más se llora más se mama. Todo ello, claro, sin obviar que tras este movimiento subyace el desesperado intento de tapar un abismo sistémico de corrupción. Es decir, Convergència o lo que quede de ella y sus aliados acabarán sacudiéndose el «sí-no» y aceptando alguna «propuesta onírica», propia de la tercera vía.

Tercera Vía que defienden el PSC, Unió, Catalunya Sí que es Pot y entidades como la Tercera Vía, Catalans pel Seny o Federalistas de Izquierdas, que coinciden en que la única salida real pasa imperativamente por una reforma de la Constitución y la celebración de una consulta pactada en Catalunya. Es decir, el ejercicio del impropiamente denominado «derecho a decidir». Cosa que desdeña Artur Mas porque, según él, «no hay al otro lado (fuera de Catalunya) nadie que acepte estos planteamientos». Basta con hojear los periódicos para constatar la inautenticidad de tal aseveración. Hace tan solo unos días,Pablo Iglesias ha incluido, entre las imprescindibles reformas de la Constitución, la del territorio, cosa que también avalan elPSOE y hasta Ciudadanos.

En tal sentido, la tercera vía no es una cuestión equidistante entre la independencia de Catalunya y la actual autonomía, como así se intenta hacernos ver. Es, como reza, la declaración de principios de la asociación la Tercera Vía, de la que forman parte, entre otros, Carlos Jiménez Villarejo y Rosa Regás, «una salida realista a la actual situación de bloqueo en la relación institucional y política de Cataluña con el resto de España». Por su parte, Joan Corominas, de Catalans pel Seny y que se define como exvotante de CiU, alerta de que «una declaración unilateral de independencia nos puede llevar a un futuro incierto y alejado de la Unión Europea, así como dividir a la sociedad».

«Seguro que el espacio de la negociación y el diálogo sin ruptura es una realidad social en Catalunya. Seguro que, en otras circunstancias, Duran contaría con el apoyo de una parte importante del electorado que va del centroizquierda a la derecha moderada. Pero en la situación presente, ya se sabe, la polarización constriñe», sostiene Xavier Bru de Sala en El Periódico.

Así lo entiende también el veterano historiador Tom Devine, principal autoridad en la historia de la Escocia moderna y autor de la conocida obra La nación escocesa. Tras recordar sus orígenes en un hogar pobre de Glasgow donde, en todo caso, «no faltaban los libros, la polémica y el debate», ante el pulso entre síes y noes a fecha fija del referéndum escocés, se declara partidario de «una evolución progresiva, porque estamos hablando de lo que pasará en el futuro y no podemos saber lo que pasará». Es decir, una tercera vía dilatada en el tiempo, abierta, consensuada.

En cualquier caso, la tercera vía no conlleva un modelo concreto de relación entre Catalunya y el Estado. Existe un paso previo que pasa por aceptar la legalidad, negociar y pactar la carta de navegación hacia formas de consulta democrática, que ni siquiera tiene por qué ser el referéndum. Asimismo, nada de este proceso tiene porqué determinar cuál debe ser el puerto de llegada. Porque, repetimos, el derecho de autodeterminación no se realiza exclusivamente con la fórmula de la independencia, sino que, tal como aseguró la Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos, puede articularse en «independencia, autogobierno, gobierno local, federalismo, confederalismo, unitarismo o cualquier otra forma de relación conforme a las aspiraciones de los ciudadanos».

Y, «mientras tanto» -como diría Manuel Vázquez Montalbán- que al menos sirva de referencia que un 63% de los catalanes preferiría seguir el modelo escocés y negociar con el gobierno español un referéndum plenamente legal sobre la posible independencia de Catalunya.