Artículo de Mario Romeo, Presidente de La Tercera Vía

Publicado en la Revista El Siglo. 16–22 de noviembre de 2015. nº 1131 (PDF)

 

A la vista está que las elecciones autonómicas celebradas el pasado 27 de septiembre no sirvieron para despejar las grandes incógnitas que pesaban sobre la vida política –también social y económica–de Cataluña. Y, digámoslo también, del conjunto de España, en la medida en que el problema catalán se ha convertido en una cuestión que concierne a la organización del Estado, a su futuro y al modelo de convivencia del que nos dotamos a través de la Constitución. Está condicionando la vida política española en su conjunto y se convertirá en un eje central de la próxima campaña de las elecciones generales.

La victoria de la candidatura de Junts pel Sí en número de escaños, sin obtener la mayoría absoluta, no estuvo acompañada del suficiente número de votos para convertirse en el clamoroso plebiscito que auguraba la coalición electoral, integrada básicamente por CDC y ERC. El movimiento político y emocional vinculado al independentismo es fuerte, pero su hegemonía social y cultural tiene unos límites, es menor de lo que proclama y reclama: un 47% de votos.

Aun así, el independentismo, a través de los 72 diputados que reúnen Junts pel Sí y la CUP ha aprobado en el Parlamento catalán, como primera medida de la nueva legislatura, y antes de la elección de presidente y formación de gobierno –algo complejo y lejano a tenor de la falta de apoyos de Artur Mas–, una declaración con la que pretendía iniciar la llamada “desconexión” de las instituciones y leyes españolas. Como era previsible, el Gobierno la ha recurrido ante eTribunal Constitucional. Es verdad que se trata de una iniciativa que no cuenta con el mandato de los electores, que significa la ruptura de la legalidad democrática y la marginación, de hecho, de más del 50% del electorado, representado por 63 diputados. Pero también es verdad que nos enfrentamos no sólo a un problema de legalidad, sino también a una cuestión esencialmente política.

Uno de los errores que se cometen al analizar la situación es simplificar en exceso la realidad de la sociedad catalana, más compleja que la artificiosa división entre “independentistas” y “unionistas”. Es heterogénea en propuestas políticas, opiniones y fórmulas sobre cómo encarar el futuro. Me refiero al encaje de Cataluña en España, pero también al gobierno de la vida cotidiana, las necesidades y oportunidades de siete millones y medio de ciudadanos y ciudadanas.

En cualquier caso, la sociedad parece tener más responsabilidad política que quienes se creen llamados a iniciar un proceso de incierto final: según un reciente sondeo cerca de un 60% de la ciudadanía catalana se manifiesta a favor de negociar mayores niveles de autogobierno si el 20 de diciembre hay un cambio en el gobierno de España frente al 31% partidario de seguir la vía independentista.

No nos engañemos: Cataluña tiene un problema, pero España también. En la futura agenda política deberá figurar la urgencia de iniciar una nueva etapa de diálogo para solucionar el encaje de Cataluña en una España democrática, plural y diversa que ofrezca respuesta mediante el pacto y la reforma a demandas muy transversales que tienen que ver con el respeto a la identidad, la lengua, la cultura, la diferencia –que no quiere decir desigualdad ni privilegio–, el esfuerzo económico, los efectos de la crisis o las necesidades en inversiones. En vísperas de las elecciones generales se tenderá a reforzar los grandes gestos y los discursos de firmeza, pero se debe superar la inacción de los todavía actuales gobiernos de Madrid y Barcelona que gesticulan en lo territorial e identitario pero que comparten muchos puntos de vista en lo ideológico, económico y social.

La Asociación La Tercera Vía que presido nació con la vocación de apostar por el diá- logo y el acuerdo, por resolver ese encaje de Cataluña en España desde una nueva perspectiva de mutua lealtad institucional. Frente a la huida hacia adelante o frente al inmovilismo reivindicamos el diálogo y reafirmamos que sí, que existe una tercera vía que forma parte de la mejor tradición del catalanismo político reformista, partidario del pacto y del progreso colectivo.