Después de que seis consellers de la Generalitat se mostraran críticos con la resolución de ruptura que Junts pel Sí y la CUP habían presentado en el Parlament, otro miembro del Govern -muy próximo al president Artur Mas- dijo una frase que combinaba el realismo con la situación y el desdén con la CUP: «Lamentablemente, relacionarnos con esta tropa es la única forma de seguir adelante».

A personajes como Andreu Mas-Colell o Jordi Jané, responsables de Economia e Interior, eso de no respetar la legislación les pareció una irresponsabilidad. Por no hablar de Germà Gordó, titular de Justícia, quien, aunque fue tibio en las palabras,¿expresó sus dudas sobre cambiar de legalidades como el que se cambia de traje. El dinero, la policia o los jueces se deben a unas reglas del juego que pueden corregirse, pero no saltarse. El escenario catalán está dominado por la discusión sobre si el Parlament se atreverá o no a invadir las líneas rojas: en Madrid no tienen ninguna duda de que no hay margen para ello, y la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ha tenido varias reuniones con sus colaboradores para plantear alternativas de respuesta, según hasta donde lleguen las apuestas de la Cámara catalana.

Lo de la delgada línea roja es una metáfora que proviene de la fila de medio millar de soldados escoceses de infantería -llevaban casacas carmín- que repelió la carga de miles de soldados de caballería rusos en la batalla de Balaclava, en la guerra de Crimea. Su uso en política corresponde a los británicos durante las negociaciones en la Convención Europea, y como concepto jurídico-político ha tenido éxito. Sería razonable que los soberanistas no sobrepasaran la línea roja de la legalidad, porque la respuesta podría afectar a la Mesa del Parlament y a los funcionarios que tramitaran la resolución. Los pulsos no pueden confundirse con los combates. No es lo mismo doblar el brazo que romperlo.