Resulta inquietante la señora esta que habla en nombre de la Generalitat y dice que no va a acatar las sentencias del Tribunal Constitucional. Qué alegría para una familia que les haya salido tan atrevida y respondona. En el Constitucional hay otra señora propuesta a instancias de Convergència que ha votado contra la resolución del Parlament sobre el independentismo, declarándolo inconstitucional. Hay que reconocer que la cosa resulta levemente paradójica. Una tan así y la otra tan asá. Las dos tan catalanas y una y otra en trincheras distintas.

La señora Maria Encarnació Roca del Constitucional recibió la Creu de Sant Jordi de manos de Pujol, y a pesar de ello cree que el Parlament ha votado una resolución ilegal. La señora Neus Munté dice que la Generalitat no va a obedecer las sentencias del Constitucional. Lo dice en un tono muy estirado, pero lo dice. ¡Qué tensión! Ambas juristas, tan de aquí, tan educadas y en crucial enfrentamiento.

Sobre las cabezas de Maria Encarnació y Neus gravita el ‘procés’ todo. Es imaginable un encuentro entre ambas:

-¡Et veig molt bé!

-¡Mira qui parla! Estàs més jove, noia…

Las cosas arriba se llevan con educación y maneras. Las hostias dialécticas son para los de abajo. Las enfermedades son los viajes de los pobres. Arriba todo es soleado y saludable.

A veces las ilusiones colectivas dan respeto. Hay quien prefiere las individuales. Las colectivas son ilusiones que requieren esa noción de ‘pertenencia a’ que inquieta. El que es escéptico lo es en todo. Cuando tras un partido alguien grita «¡hemos ganado!», el escéptico lo ve como si después de una peli porno se dijera «¡hemos follado!».

La figura del traidor

Hay quien no sirve para las ilusiones colectivas, porque en general surgen en oposición a algo o a alguien, y si no lo son, excluyen a los que no las experimentan. Medio país puede estar entusiasmado por una idea que a la otra mitad la angustie. En tal caso, el ensueño no aglutina sino que más bien distancia y segmenta. Cosas.

Quizá por esta anemia de anhelo gremial siempre resulta interesante la figura del traidor. Hay algo peor que sufrir una traición, que es traicionarnos a nosotros mismos. Una de las peculiaridades del entusiasmo general es que al que no lo comparte se le considera desertor, renegado y -peor aún- intrigante y conspirador. Como en los momentos de enormes ilusiones sociales ya hemos dicho que existe siempre el ‘otro bando’, puede que las acusaciones de ser un Judas felón le lleguen a alguno en estéreo y desde las dos orillas del río revuelto. Es la terapéutica que por lo visto merecen los errantes alienígenas sin ilusión grupal: ser vagabundos en los momentos supuestamente históricos.