• El empate de la asamblea de la CUP es una síntesis perfecta de ‘procés’, mitad soberanista y mitad social, incapaz de decantarse por uno de los dos lados

En un país donde se glorifica la victoria, el empate es el último romanticismo. En un ‘procés’ donde se abusa del verbo ganar precisamente por el miedo a perder, el empate de la asamblea de la CUP es la última cura de humildad. El empate es una síntesis perfecta de la naturaleza de este ‘procés’, mitad soberanista y mitad social, incapaz de decantarse a cualquiera de los dos lados, que demuestra que el ‘procés’ no avanzará si uno de los dos pesa más que el otro.

El empate es el triunfo de la complejidad y un castigo al hooliganismo, tanto de los que sueñan a Mas linchado como a los que lo creen santo, y es el certificado de defunción de los que nos quieren hacer creer que es posible independizarse sin ideología. Paradójicamente, el empate es también un castigo a la propia CUP por haber delegado su gran decisión en una asamblea que parece haberle dicho que no le tocaba hacerlo, y es un justo castigo a la escandalosa inoperancia de JxS, que ha dejado que toda la inciativa política se la quede su competidor político.

El empate demuestra que los ataques indiscriminados que recibe una CUP sin apoyos mediáticos son estériles puesto que la culpa esencial del bloqueo actual no tiene que ver con los que sacaron 10 escaños sino con los que sacaron 62, que siguen paralizados y autoengañandose con lo que en realidad sucedió el 27-S. El empate es la última pasada por la sartén de Artur Mas, dejado cocer agónicamente a fuego lento y en su propia salsa, evaporándose delante de todos su capital político, por haber antepuesto su propia supervivencia a la del propio ‘procés’.

Democracia pura

El empate no es como se ha escrito con apriorismos del viejo mundo ningún ridículo ni tampoco una demostración de la inoperancia del asamblearismo sino justamente lo contrario: es un homenaje involuntario a la democracia pura, donde justamente pasan cosas imprevisibles pero perfectamente posibles.

El empate es la certificación que algo profundo ha cambiado en la sociedad catalana: en el despacho de Millet nadie empataba con nadie porque las órdenes se ejecutaban por goleada. Cierto, este empate es incómodo, caótico y desconcertante pero es mucho menos improbable de lo que se nos ha hecho creer por los que en realidad nunca han asimilado nunca un resultado: las teorías de la conspiración quedaron reducidas a nada con la publicación transparente de las actas de la asamblea.

El empate es la constatación que el tiempo es la variable diabólica del ‘procés’, que siempre encuentra una semana o un mes más para aplazar o dilatar la próxima fecha histórica, que al final se ve superada por la siguiente. Y el empate obliga a observadores que soñamos con titulares simplificadores a salir del todo blanco o negro: salió gris. ¿No pedíamos una sociedad distinta? Aquí tenemos su primera muestra: el empate.