Harmonia est discordia concors, decía el humanista florentino Pico Della Mirandola, y es lo que necesita España para entenderse con Catalunya: la solución sensata al órdago de Catalunya no es reprimir a dos millones de sus ciudadanos, ni la contención, sino el pacto. Y que ese pacto pase por reformar la Constitución de 1978 hacia un federalismo asimétrico para llegar a acuerdos con Catalunya que apacigüen el malestar actual.

Debo resaltar la propuesta del PSOE del 28 de octubre del 2015 sobre reforma constitucional que asume los principios y técnicas del federalismo. Busca emprender el camino hacia un Estado federal que articule mejor la unidad de España. “Sistema de financiación autonómico conforme a los juicios de certeza, estabilidad, suficiencia, corresponsabilidad, solidaridad y equidad. Y atención a la precisión del Tribunal Constitucional para que la contribución interterritorial no coloque en peor condición a quien contribuye que a quien se beneficie”. Este documento, que es un principio para el PSC, sigue siendo para la mayoría del PSOE la estación de llegada. Mal asunto, pero por algo hay que empezar y seguir trabajando en la tercera vía del pactismo.

Quiero aportar un toque de ilusión que nos justifique y anime a perseverar en la tercera vía. En todas partes la gente acepta la autoridad de alguien que le beneficie, le ayude o le guíe, no de quien le explota o le manda. En el principio se confería autoridad de liderazgo a quien lo merecía por
sus cualidades superiores. Cuando estos chamanes primitivos pierden su talento mágico, devienen sacerdotes; cuando estos reyes primeros pierden su carisma, se quedan en reyes hereditarios; la única razón sigue siendo aquel argumento indiscutible del mariscal MacMahon: “J’y suis, j’y reste ”. Entonces la costumbre y la fuerza ocupan un lugar que antes tuviera la autoridad. Los chamanes se esclerotizan en jerarquías religiosas institucionalizadas, y los líderes, en linajes monárquicos hereditarios. De ahí se pasa a los estados despóticos, a los reyes absolutos, a los imperios.

Yo diría que el mejor Estado es aquel del rey-chamán sabio y generoso, como san Francisco de Asís, o aquel del anarquismo puro, donde no haya políticos y sólo administradores competentes que tutelen el funcionamiento de la intendencia de la sociedad. Anarquía no es desorden, es a narcos, ausencia de jefe, de fuerza, que no de auto­ridad. Sin una autoridad moral del tipo que sea no es posible vivir en sociedad; si no se aceptan de buen grado, en el fuero interno, las leyes de convivencia, es impo­sible aglutinar un grupo humano.

Mi visión del futuro ideal es una sociedad mundial, sin Estado pero con administración; sin políticos profesionales, pero con grandes profesionales de la organización y la programación, con ecólogos y generalistas en la teoría de sistemas. Porque somos, en la biosfera, un sistema complicado que sólo puede armonizar merced al nuevo pensamiento holístico, orgánico, sistémico. Habrá que cambiar de paradigma científico para abolir el nacionalismo competitivo que aún nos lleva a la guerra.

¿Qué papel puede desempeñar España en el proceso futuro? Podría ser un gran papel porque en la península Ibérica se han ensayado y realizado ciertas etapas que el mundo, como conjunto, deberá recorrer para integrarse. Hesperia fue la América de la antigüedad, rica en metales y vegetales; fue Sefarad para los judíos errantes, jardín del profeta, claustro de monjes cristianos. En su suelo amable convivieron las tres grandes religiones y culturas del Mediterráneo, y del mundo antiguo. Conoció de primera mano fenicios, griegos y romanos; visigodos, moros y judíos. Comerció con Oriente, estudió en Ripoll, enseñó en Salamanca y tradujo en Toledo. Del Mediterráneo pasó al Atlántico: la pavorosa evolución. El cambio de escala del Mare Nostrum al océano ignoto se hizo desde la península Ibérica; no en vano es la cuña de Europa, el fulcro donde los dos mares apoyan la desigual balanza. Exploró América, circunnavegó la Tierra, conoció África y Asia. Erigió el primer imperio moderno, quiso dominar Europa y fracasó antes que los países que la imitaron. Después se cerró a esperar su hora. Destilada por una larga serie de guerras civiles, de intransigencia y expulsiones, emerge por fin de una edad conflictiva para abrir sus ojos a Europa y al mundo.

Hay en su geografía ventajas de localización y en su historia expectativas que muy pocos países del mundo comparten. ¿Revivirá esta experiencia, revalorizará esa geografía? No se vive del pasado, es más sano estar en el presente; pero quien tuvo retuvo y, si en lugar de desgarrarnos internamente volviéramos las manos al mundo, la tarea de fomentar una integración a escala global no debería sernos tan ajena ni extraña. La península Ibérica ha sido un país cosmopolita donde los haya y su diálogo antiguo y continuado con las culturas del mundo, su herencia y su huella, la configuran como intermediaria y partera de este nacimiento de un nuevo escalón en el orden mundial.

Primero aunar Europa, después el mundo.