• No es que nadie quiera gobernar España ; es que, por inmadurez democrática, la transacción se equipara a cesión y la propuesta, a chantaje

En política, las apariencias engañan. Cuando el ganador de las elecciones del 20-DMariano Rajoy, declina la invitación del rey Felipe de optar a la investidura y Pedro Sánchez, segundo en liza pero con ciertas bazas para articular una mayoría, anuncia que tampoco se presentará por ahora, los dos grandes partidos transmiten al electorado el alarmante mensaje de que España no tiene quien la quiera gobernar. Completan el sainete los vaivenes de Albert Rivera y el golpe de efecto de Pablo Iglesias, que el viernes repartía las carteras de un «Gobierno de cambio» que por ahora no está ni se le espera. Pero los argumentos que estupefacta escucha la ciudadanía ocultan otras motivaciones.

Congelar su candidatura a la espera de tiempos mejores, como ha hecho Rajoy, disloca los procedimientos establecidos para fraguar la investidura y lo deslegitima para vindicar más adelante su condición de líder más votado. Pretende el presidente en funciones que Sánchez se cueza a fuego lento en la hoguera atizada por Iglesias y los barones del PSOE, a los que el PP acabará ofreciendo apoyo en sus autonomías a cambio de una gran coalición en la Moncloa.

A fuego lento

Huye Sánchez de esa emboscada apelando al Jefe de Estado para que fuerce a Rajoy a formalizar su candidatura o tirar la toallaUn debate de investidura precipitado le echaría en brazos de Podemos y del independentismo catalán, todo ello en medio del ruido de sables en Ferraz. Y, de fracasar en su intento, las presiones para que facilitara la elección de un aspirante del PP serían insoslayables.

 Más que ocupar poltronas, la envenenada oferta de Iglesias a Sánchez busca debilitarlo dentro del PSOE y ante el electorado, a fin de disputarle la hegemonía de la izquierda en el Congreso, si se pliega ante el PP, o en las urnas, si se repiten las elecciones. Y Rivera baila la yenca cruzando los dedos para que no haya unos nuevos comicios que pinchen la burbuja de Ciudadanos.

A causa de su escasa madurez democrática, en España la transacción se equipara a claudicación y la propuesta, a chantaje. No se negocia ‘con’ sino ‘contra’ el adversario. Esto es, contra los ciudadanos.