El desenlace in extremis de las negociaciones en Cataluña parece de opereta. Es un acuerdo poco transparente que, en cualquier caso, evidencia la prioridad de la ruptura secesionista y el pánico de Convergencia y otras fuerzas a convocar elecciones anticipadas. Estas hubieran provocado cambios no controlados en el mapa electoral y la subida de En Común/Podemos al haber sabido abanderar, de manera voluntarista pero con éxito, el llamado derecho a decidir frente a un acelerado proceso independentista.

El nuevo eje de entendimiento que empezaba a fraguarse de cara a una hipotética alternativa gobierno de Cataluña entre ERC, CUP Y PODEMOS se ve frenado en seco, aunque la Generalitat nace sin garantía de estabilidad. Sin duda, la renuncia final de un Mas quemado le ha tenido que sentar mal a Pablo Iglesias, porque le rompe su estrategia de aprovechar unas anticipadas catalanas para reforzar su protagonismo en el proceso negociador de cara a la formación de un gobierno de cambio en España; negociación que no parece desear.

La nueva Generalitat iniciará su mandato con medidas de desconexión real con España y acuerdos secesionistas, aunque no alcancen efectividad ante la actuación de los mecanismos de defensa del la legalidad en un Estado de Derecho. Por tanto, no le resultará fácil al gobierno catalán avanzar hacia la independencia en 18 meses. Cuando menos, tratará de sumar con Podemos la reclamación, a un gobierno español en funciones, de un referéndum de autodeterminación.

Desde que el sábado se conoció el cambalache en Cataluña, la derecha hispana y sus potentes aliados no dejan de repetir el anuncio de que peligra la unidad de España. Con ella quieren meter miedo a la población, intentando desbordar a C’s desde el más rancio españolismo; aumentar la presión durante semanas sobre Pedro Sánchez -esperemos que sin la complicidad de ningún ex o dirigente socialista- ; e insistir hasta la saciedad que se hace imprescindible y urgente una gran coalición a tres para salvar España.

El PSOE resistirá las presiones y acertará si sabe responder con iniciativas a la ceremonia de confusión que Podemos incrementará, haciendo el juego a los postulantes de la gran coalición. No voy a despreciar las dificultades que tendrá que afrontar Pedro Sánchez para superar la fuerte presión de las esferas políticas, mediáticas y del Ibex 35, cuando unos y otros provoquen el encendido de las alarmas.

Para conseguirlo, Pedro Sánchez ha de seguir su propia estrategia de diálogo y negociación en coherencia con el programa electoral socialista. También ha de rescatar nuestra concepción de España como Estado de vocación federal y plural -mejor plurinacional- , sin caer en la rancia idea que tiene el PP de la unidad indisoluble de España.

Estamos en una coyuntura excepcional para hacer política de altura acompañada de una pedagogía que explique cuál es la mejor respuesta a lo que pueda acontecer en Cataluña -lo mismo que para prevenir futuros movimientos en otros territorios con fuerte presencia de una conciencia de identidad excluyente-. Y consiste en recuperar la «marca» de España como un Estado plural, social y democrático. Algo que ha devaluado y despreciado el PP hasta desfigurar todo un país y provocar una realidad social que no resulta atractiva para la inmensa mayoría de la ciudadanía.

Cambiar la marca España para garantizar la convivencia y la cohesión social, exige lograr pactos que recojan las demandas mayoritarias de cambio que expresó la ciudadanía el 20D. El objetivo de los socialistas es formar un gobierno que se comprometa con reformas legislativas, la regeneración democrática y el progreso social, acuerdos que permitan echar a Rajoy de La Moncloa.