Desde una perspectiva ciudadana, el procés es un misterio. Hemos entendido el objetivo, pero no logramos visualizar la ruta. Todo parece indicar que se trata de algo difícil, imprevisible. La coincidencia con el título de la novela de Kafka invita a la zozobra, o al humor negro. Escuchamos interpretaciones legales contradictorias; se habla de leyes españolas y leyes catalanas. Carecemos de conocimientos para desentrañar estos intríngulis, bastante tenemos con buscar la lógica de nuestra vida diaria. Pero la evidencia de que este procés se quiere poner en marcha sin el respaldo de una mayoría clara lo convierte en algo oscuro. Una falta de respeto temeraria hacia el pueblo, por parte de sus propios gobernantes.

Con esta preocupación latente, llamo a un amigo catalán de la infancia que hace dos años me sorprendió ­diciendo que deseaba una Catalunya independiente. Fue una sorpresa porque mi amigo encaminaba su pensamiento político hacia la izquierda. Compartíamos, desde siempre, una visión del mundo exenta de patriotismos, en pro de un deseo de igualdad social. En la ingenuidad de la infancia, hasta nos recuerdo soñando un mundo libre de fronteras. Pero mi amigo apareció entonces turbado y dolido por las políticas anticatalanas que el Gobierno central había desplegado con su borrachera de poder. Se sentía burlado con la amputación del Estatut que había votado a conciencia, ofendido con la intromisión lingüística en la enseñanza de sus hijos, ninguneado por la sordera soberbia de nuestros gobernantes. Hablaba de todo esto con pasión, muy impli­cado personalmente. Pensé que la exacerbación del sentimiento patriótico de la derecha española más regresiva había despertado los sentimientos patrióticos desconocidos de mi amigo. Sólo que a él se le despertaban hacia un territorio más pequeño, en el interior de las muñecas rusas de las patrias.

Hoy lo llamo para que me explique cómo se entiende que el nuevo Govern embarque en semejante aventura a todo un pueblo, sin contar al menos con el respaldo de una mayoría ya no amplia, sino suficiente. Pero mi amigo me vuelve a sorprender. Yo ya no me considero independentista, dice, no así. Y me explica que las elecciones “plebiscitarias” han sido una trampa. Que, efectivamente, no hay una mayoría que legitime el procés. Que no se siente representado por un Govern radicalizado, con un president elegido a dedo. Ocurre también que cuanto más eres de izquierdas, añade, más conflictos tienes sobre si eres nacionalista o no. Le escucho y pienso que su lado racional ha tomado el mando de sus emociones. Y coincido con las voces que opinan que los partidos independentistas se están agarrando a un clavo ardiente –brasas de poder– porque saben que una nueva oportunidad en las urnas daría luz a incontables deserciones como esta.