La decisión de la CUP apoyando o ­rechazando la investidura de Artur Mas como presidente de la Genera­litat era imprevisible. Al final la ha rechazado y, al no haberse presentado al ­Parlament ninguna alternativa, expirará el plazo legal para la investidura presidencial, por lo que procederá la convocatoria automática de nuevas elecciones. Los hechos son tozudos. Dígase lo que se diga, el pasado 27 de septiembre los independentistas ganaron las elecciones autonómicas sin obtener la mayoría absoluta y perdieron el plebiscito sobre la independencia. Y, a partir de ahí, su victoria se ha mostrado pírrica, como lo prueba su incapacidad manifiesta para formar gobierno. Así las cosas, se impone valorar la situación creada:

1. El independentismo ha perdido una batalla, pero no ha perdido la guerra. Esta sigue. Y, a partir de ahora, la confrontación de Catalunya con el resto de España se planteará siempre para demandar el reconocimiento de la identidad nacional catalana y exigir una consulta a los catalanes acerca de si aceptan o no el modelo de encaje propuesto. No volverán los tiempos del peix al cove (reivindicación de más competencias) ni de la reivindicación de un concierto económico. Por consiguiente, se equivocan quienes afirman que “el proyecto de Mas ha sucumbido”. Ni el proceso, hoy descarrilado, es obra de Artur Mas (este se puso al frente de un amplio movimiento popular, azuzado desde fuera pero autónomo), ni ha sucumbido (sólo ha sufrido una aparatosa derrota en una batalla mal planteada).

2. Las causas de esta derrota del nacionalismo independentista son: a) Un exceso de velocidad en el diseño del proceso, cuya sucesión de etapas se trazó a un ritmo de vértigo, con olvido flagrante de que –como hizo ver Stéphane Dion– proclamar la independencia de un país no es lo mismo que irse de fin de semana. b) Una infravaloración de las dificultades existentes. El desdén por todo lo español, incluido el Estado, hizo pensar que la “desconexión” de este era cosa de coser y cantar; y que los efectos, siempre tremendos, de una ruptura de la legalidad democrática vigente quedarían conjurados, como por arte de magia, por la fórmula –juzgada ingeniosísima– de “sustituir una legalidad por otra”, algo igual de intrascendente –en la concepción de sus autores– que cambiarse de camisa. Asimismo, la sublimación de las propias razones generó la ilusión de que Europa las haría suyas y se desviviría, acogedora, por darles cauce de forma inmediata. c) Una incorrecta ponderación de las consecuencias de la crisis. Los costes de esta los han pagado las clases medias y populares, si bien cargándose mucho más sobre los jóvenes (reducción de salarios y precariedad laboral) que sobre los viejos (se han respetado las pensiones), lo que ha provocado una enorme desconfianza de aquellos hacia los antiguos partidos y la deriva del voto joven hacia nuevas formaciones, en especial hacia aquella que se ha presentado como de izquierda radical.

3. El sistema de partidos catalán está basculando fuertemente hacia la izquierda gracias al impulso poderoso del voto joven y urbano, decantado en las últimas elecciones generales por En Comú Podem –candidatura vencedora en Catalunya–, así como por los buenos resultados obtenidos por ERC, el único partido que no ha sufrido ni un rasguño a lo largo de toda la gestación y crisis del proceso. Por el contrario, el panorama de la derecha es desolador: Convergència, negándose a sí misma; Unió, en el limbo, y el Partido Popular, bajo mínimos. Mientras tanto, el PSC sobrevive contemplando atónito la lucha fratricida desencadenada en la cúpula del PSOE, y Ciudadanos, como se dice de los gallegos, no se sabe si sube o baja. En cualquier caso, las elecciones de marzo pueden dar la presidencia de la Generalitat a esta nueva izquierda emergente, del mismo modo que las últimas elecciones municipales le dieron la alcaldía de Barcelona. Lo que significaría algo extraordinariamente trascendente: por primera vez en mucho tiempo, el grupo social que ha gozado del poder efectivo en Catalunya, en la medida que las sucesivas situaciones políticas lo permitían –que no es poco–, perdería su monopolio sobre él. Esto sí que sería un cambio.

Puede que muchos piensen, en el resto de España, que este es un riesgo exclusivo de la política catalana, achacable a la mala cabeza de quienes la han pilotado. Se equivocan. Este es un movimiento de fondo perceptible en toda la sociedad española. A medida que el PSOE pierda el liderazgo entre los jóvenes y en las ciudades, irán surgiendo nuevas fuerzas de izquierda, coaligadas en cada comunidad según el modelo de En Comú Podem, que a su vez se coaligarán entre sí y con el núcleo de Podemos madrileño, en una especie –llámese como se llame– de nueva Confederación Española de Izquierdas Autónomas. Y esta nueva fuerza puede llegar a ser una alternativa de gobierno con grandes posibilidades de hacerse con el poder en España. Lo que demostraría, por si aún hiciese falta, que la democracia funciona.