Y se desató la ira. El final en directo de una de las siete vidas de Artur Mas, explicado en cómodos fascículos, ha desatado la primera guerra civil independentista. La cámara del morbo enfoca ahora a la reyerta brutal de dos facciones enfrentadas, los cuchillos en mano, despedazándose en público en nombre de una independencia que ninguno de los dos clanes, digámoslo ya claramente, tenía como prioridad. Pero dejemos el zum por un momento y ordenemos a la cámara que abra el ángulo para que entendamos exactamente los motivos de una batalla que viene de mucho más lejos de lo que creen sus airados protagonistas.

Porque en realidad ya hace muchos meses que Mas perdió el control del procés. Los días antes del 9-N logró doblegar a los críticos y llevó a un inocuo proceso participativo hacia un gran éxito social y un acto de reivindicación del derecho a votar, que le llevó al punto más alto de su carrera dentro del procés: era su ascenso. Pero enseguida empezó su caída y dilapidó la autoridad ganada con una propuesta de lista única hecha sin consenso y que no encontró la unanimidad buscada. Perdió el tiempo del procés al convocar fatalmente el 27-S en pleno calendario electoral español y empezó a cavar su propia tumba cuando, arrastrado por sus propios prejuicios ideológicos, se confundió de enemigo al comparar a Podemos con el aznarismo, y se llegó a creer que el principal obstáculo en su camino era la irrupción de una nueva izquierda que en realidad defendía un derecho a decidir parecido al que él mismo defendía y sin la cual no había, no hay, suficiente masa crítica, le guste o no.

Odiar y ser odiado

Cierto, Mas ha sido muy odiado por esta izquierda, e injustamente odiado, porque los mismos que le reprochaban con razón su pasividad ante la corrupción escandalosa de su partido no han tenido el valor de reconocerle sus méritos, como es haber empujado el procés incluso contra su propio establishmentMas ha sido odiado, sí, pero él también ha odiado, y mucho, como se vio en su última triste rueda de prensa, en la que, preso de una rabia inusual en alguien que ostenta su cargo, hizo un ataque indiscriminado a una CUP a la que él mismo había hecho concesiones impensables. Y es que Mas, al final, no ha podido aceptar que el país viraba hacia la independencia a la misma velocidad que lo hacía hacia la izquierda, y su última comparecencia es la síntesis de esta incomprensión: su ira lo manda a un extremo y cede definitivamente el centro del tablero. No, el masicidio no es obra de la CUP como pretende su legión de fieles, sino de él mismo. Paradójicamente, Mas se ha empeñado en dar la razón a la caverna de Madrid, que se ha pasado años repitiendo que el proceso era Mas, y ha perdido la oportunidad de desmentir esta falacia y hacer un gesto de grandeza. Por eso el asesino de Mas no es otro que él mismo.