• Aunque parezca increíble hay gente que se ha enterado en enero del 2016 que la primera manifestación del 2012 no fue obra del demonio Masç

No hay nada que produzca más envidia que ver salir a alguien liberado y feliz tras una dura sesión de psicoanálisis: así se mira hoy la España enrocada a la Catalunya independentista. Mas encontró sobre la campana la salida imposible del laberinto y el ‘procés’ hizo su primera gran catarsis. Se ha escrito ya mucha literatura sobre las imperfecciones del acuerdo, que van desde la aparente designación a dedo del nuevo presidente hasta la frase de corregir con la negociación lo que no dieron las urnas, pero a medida que pasan las horas los efectos del movimiento del sábado son más trascendentes que sus defectos internos. Porque no es solo que se haya salvado el ‘procés’ otra vez ‘in extremis’ sino sobre todo que la pelota cruzó volando el Ebro y está colgada en el tejado de la política española y de parte de su opinión pública que, en plena provisionalidad, asisten con la boca abierta al derrrumbamiento definitivo del gran dogma de los últimos años titulado ‘el procés es Mas‘. Cuántas horas de TV y radio dedicadas a confundir el soberanismo con una persona, con la vana esperanza de aniquilar un movimiento mediante la destrucción de un solo individuo.

Desmoronada la falacia, una parte de España se enteró el sábado de que muerto el perro la rabia continúa y que sin Mas el proceso se fortalece todavía más. Aunque parezca increíble hay gente que se ha enterado en enero del 2016 que la primera manifestación del 2012 no fue obra del demonio Mas, con un desfase de casi cuatro años, como si viviéramos en una galaxia incierta en los confines de la Vía Láctea.

UN ESPEJO PARA RAJOY

La compleja ciencia del ‘procés’ requiere paciencia, sabiduría y mucha finura, y si a los habitantes indígenas de la galaxia, avezados como estamos a sus contradicciones e inesperados giros argumentales, ya nos cuesta entenderla en toda su dimensión, imagínense a los que han pretendido reducirla a una sola persona a cuatro años luz de distancia. La autoimmolacion de Mas es ahora un espejo en el que Rajoy no soporta verse, porque lo interpela a él y a todos los que llevaban semanas cacareando sobre la falta de gobierno en Catalunya, y se han encontrado que el bumerán de la inestabilidad vuelve sin piedad sobre sus cabezas.

La frustración provocada por el pacto catalán ha llevado a desenterrar otra vez el fantasma de la gran coalición, algo sorprendente teniendo en cuenta que es bajo el gobierno más fuerte que se recuerda, el del PP del 2012 al 2016, cuando Catalunya ha empezado a hacer las maletas. El pasado sábado el ‘procés’ echó a andar otra vez y aunque lo hizo con dolor ahora sonríe consciente de que la angustia ha cambiado de bando. La España política puede optar por seguir fingiendo que aquí no pasa nada o iniciar su inevitable sesión de psicoanálisis. De momento, en catarsis Catalunya gana uno a cero.