• Junts pel Sí discute el ‘procés’ mientras Madrid se enzarza en una cruda lucha por el poder

Creía que la teología de la liberación era la doctrina con la que el clero progresista de América Latina había plantado cara al papa Wotjyla en su apoyo a algunas revueltas contra el statu quo. Ya no. Ahora es la doctrina en construcción que explica cómo Catalunya será independiente en 18 meses -tal como prometía la hoja de ruta de Junts pel Sí y la declaración del 9-N– sin llegar a serlo totalmente. Y los teólogos trabajan.

El ‘president’ Puigdemont, que quiere acercar la teología a la realidad, dijo en la entrevista de TV-3 que esta legislatura -en los 18 meses más o menos- no habría una DUI (declaración unilateral de independencia). Ha añadido que su objetivo es dejar a Catalunya lista para la independencia. Aprieta con suavidad el pedal del freno para retrasar el choque de trenes, cosa complicada si, como dice la declaración del 9-N, se empiezan a tramitar en 30 días las leyes prometidas. En mi ignorancia supongo que el plazo no corre desde el 9-N (se habría incumplido), sino desde la elección de Puigdemont el 9 de enero.

Pero Marta Rovira, rigorista secretaria general de ERC que se expresa con celo misionero y cierto ninguneo a los infieles, ha puntualizado. La independencia nos será dada no después, sino antes de las elecciones constituyentes. Un desmarque del ‘president’ que reivindicaba un mandato democrático (el famoso 47,8%) para iniciar el camino a la independencia, pero no para proclamarla, pues debía ser ratificada en las urnas por más del 50%.

Conmoción entre los fieles. Pero rápidamente dos aplicados teólogos han aunado doctrina. Oriol Junqueras -siempre al quite y que ahora acumula el trabajo de Andreu Mas-Colell de pagar las nóminas- ha aclarado en perfecta comunión (a mi modesto entender) con Neus Munté, la portavoz, que antes de las elecciones constituyentes lo que habría sería una «declaración de intenciones». Me he quedado absolutamente relajado. Nadie puede ser encausado por intenciones.

También me tranquiliza que Junqueras explore otra vía indolora hacia la plenitud nacional. Advertir a los míticos mercados de que en su propio interés (como en los aeropuertos) deben presionar al Estado español para que ceda. La independencia catalana les beneficia. El argumento es lineal. España tiene una deuda demasiado elevada (el 100% del PIB) y como no controla el déficit sigue endeudándose. Por eso Junqueras interroga al corresponsal del ‘Financial Times’: «¿Qué es mejor para los mercados, tener un único interlocutor que ha demostrado que no es ni eficiente ni creíble (España), o tener también otro interlocutor (Catalunya) con la seria determinación de ser a la vez eficiente y solvente?» Mas vale no poner todos los huevos en el mismo cesto.

Vale, pero el corresponsal añade que esta teoría sorprenderá a los bonistas internacionales que creen que la ruptura de un Estado es siempre algo negativo y que están comprando bonos españoles a unos tipos de interés muy bajos. Junqueras todavía afirma que el banco público catalán (que yo sepa fantasma) será «el interlocutor con el Banco Central Europeo». Y que España acabará tragando como pasó antes con Chile, México, Holanda o Cuba».

¿Dónde estamos? Suerte que la prensa y la radio de Madrid están entretenidas tramando el asesinato de Pedro Sánchez en el comité federal del sábado, o regodeándose en el mitin de Xàtiva en el que Rajoy ensalzó al hoy famoso Alfonso Rus: «Alfonso, te quiero, coño; tus éxitos son mis éxitos».

¡Para llevarse las manos a la cabeza! ¿Y si la solución fuera pedir el ingreso -de España y Catalunya- en los Estados Unidos? Si no gana Donald Trump, claro, que debe creer que somos mexicanos.