Las tácticas más dispares para poder formar un gobierno en España se vivieron en Catalunya hace unas semanas. La crisis catalana terminó prácticamente en el tiempo añadido con la inesperada solución del alcalde Carles Puigdemont, el número tres de la candidatura de Girona, sustituyendo al número cuatro de la lista Junts pel Sí, Artur Mas. Son tácticas políticas legítimas que expresan una cierta desorientación en la política. Ha sido una salida extravagante a la crisis en un periodo de excesivas prisas políticas. Puigdemont ha formado gobierno bajo la mirada implacable de la CUP que puede romper los pactos alcanzados si hay desvíos sustanciales de los acuerdos de investidura.

Lo nuevo es inevitable. Pero no por ser nuevo es mejor. Todo depende. La sociedad es un gran conjunto de armonías, de códigos y costumbres, de realidades y mitos. En política hemos inventado poco y mal. Es un mal presagio pretender que lo que se va a hacer aquí no tiene precedentes porque, si es así, comporta grandes riesgos. En el vehículo de la democracia se puede montar cualquiera que observe las reglas más elementales.

En Madrid ya no cabalga de forma rutinaria el bipartidismo, que ha quedado malherido por los abusos de las mayorías absolutas, que son nefastas cuando se gobierna sin contar para nada con las muchas sensibilidades que hay en toda sociedad. El Partido Popular y el PSOE han sido los principales responsables de la incapacidad de la alternancia. Demasiada arrogancia política y social.

La derecha de Mariano Rajoy perdió tres millones y medio de votos y los socialistas de Pedro Sánchez, un millón y medio. O tejen un pacto de gran coalición del tipo que rige por ahora en Alemania o bien tendrán que entregarse a las subastas que lógicamente les van a plantear Podemos y Ciudadanos. Otra alternativa es dejar pasar los plazos preceptivos y que se convoquen automáticamente elecciones.

La táctica de Rajoy al no aceptar de momento presentarse a un debate de investidura demuestra su precariedad política. La suya y la de su partido. Aunque él no lo sepa, el tiempo de Rajoy como líder incuestionable de la derecha ha terminado. Las segundas oportunidades son infrecuentes en política. De Gaulle y Churchill regresaron al poder en el siglo pasado. Y Putin lo ha perpetrado en Rusia, aunque el ejemplo es mejor no tenerlo como referencia.

La derecha está fragmentada pero mucho más lo está la izquierda, que podría aglutinar una mayoría en el Congreso pero es improbable que llegue a un acuerdo sobre quién debe liderar una unión de fuerzas de izquierda.

La insólita comparecencia de Pablo Iglesias repartiendo vicepresidencia y carteras varias mientras Pedro Sánchez estaba despachando con el Rey es una tomadura de pelo. No solamente por las formas de un descamisado rodeado de compañeros que parecían un politburó meridional sino por el ansia manifiesta de repartirse los ministerios como si fueran suyos. No se quedaba con los más sociales sino con los que tienen más carga política para controlar mejor una sociedad.

Parece que Pedro Sánchez no escucha a la vieja guardia socialista. Él sabrá. José María Maravall, uno de los ideólogos socialistas en los tiempos de la hegemonía de Felipe González, decía que la socialdemocracia se ha apoyado en tres principios que la han guiado mucho tiempo: la igualdad entre los ciudadanos, el bienestar material de la sociedad y la democracia.

Mucho me temo que Pedro Sánchez haya heredado el talante de Rodríguez Zapatero, que, en el prólogo del libro De nuevo socialismo de su examigo y exministro Jordi Sevilla, decía que “en política no sirve la lógica sino la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos para que todo sea aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas”. Qué mal escrito está, pero qué bien se entiende y qué bien lo captan los socialdemócratas que no han abandonado la lógica política.

Es el momento de la reno­vación y de la regeneración. Seguramente con caras nuevas y con partidos que no arrastren las tan abultadas miserias de la corrupción que han dejado un aire irrespirable en la sociedad.

La interinidad no puede convertirse en normalidad política. Las tácticas perso­nales o de partido se las lle­varán los vientos de las próximas elecciones. España necesita un nuevo pacto político en el que quepan todas las corrientes y en el que puedan convivir las aspiraciones de las diversas minorías nacionales. Este pacto no puede alcanzarse sin la derecha ni sin la izquierda. Ni tampoco sin aquellas formaciones que podrían aceptarlo si se sintieran cómodas y atendidas adecuadamente.