• La renuncia de Mas permite que sea Carles Puigdemont quien constate como ‘president’ que el proyecto independentista conduce a un callejón sin salida

La última (o penúltima) acrobacia política de Artur Mas ha acarreado un doble sacrificio ritual: su inmolación (temporal) como ‘president’ y la automutilación de la CUP, que en un inédito acto de contrición no solo promete lealtad patriótica a Junts pel Sí, sino que le cede dos diputados para completar su exigua mayoría parlamentaria. Atrás quedan la beligerancia de Mas contra los anticapitalistas y la negativa a entregarles su cabeza –«la Presidencia no es una subasta de pescado»–; la puja existió, y el mejor postor ha sido Carles Puigdemont.

¿Qué ha pasado para que Mas pase del «no habrá más cesiones a la CUP» a tamaña cesión? Vértigo. El líder de CDC tiene a gala haber ganado todas las elecciones, aunque no siempre haya logrado formar gobierno. La previsible negativa de ERC a reeditar Junts pel Sí abocaba a Mas, como él mismo reconoció en TV-3, a convertir unas nuevas elecciones en un plebiscito sobre sí mismo. Apuesta arriesgada porque, aun ganando, obtener la investidura hubiera sido otro suplicio.

Los revolucionarios de la CUP, partidos en dos por el ‘no’ a Mas, se arriesgaban a pasar a la historia como verdugos del proceso soberanista, perdiendo en las urnas la abundante cosecha del 27-S. De los principios a la fractura interna, y de la fractura interna a la marginalidad. Los antisistema empiezan a entender cómo funciona el sistema.

Aunque el mejor escenario para ERC era la repetición de las elecciones, Oriol Junqueras tiene motivos para respirar aliviado. No aguantó el pulso de Mas con la lista unitaria, pero la azarosa aritmética del 27-S le ha permitido derrocar a su gran rival en la lucha por la hegemonía del independentismo. Al menos, por un tiempo.

La huida hacia adelante

«Se acaba la función», titulaba este diario su edición impresa del sábado. En efecto, una mascarada acaba y otra comienza a partir de hoy en el Parlament. Solo que será Puigdemont, y no Mas, quien presida la Generalitat cuando se evidencie que la huida hacia adelante del independentismo conduce a un callejón sin salida.