La situación es o parece ser ésta: o pacto PSOE-Podemos con respaldo explícito de los nacionalistas, o elecciones generales. Otras posibilidades, como el acuerdo entre Rajoy, Sánchez y Rivera en el último minuto, pertenecen al género del milagro, que no es frecuente en política. La aceptación de esta realidad hace que todos los partidos estén preparando la campaña, aunque lo nieguen. Incluso los socialistas, aunque su secretario general siga buscando desesperadamente el respaldo de Pablo Iglesias, hasta el punto de pedírselo a Tsipras. Incluso el Partido Popular, que ve en las urnas la única posibilidad de seguir en el gobierno. Por esa razón todo se ha vuelto electoralismo, que es la “enfermedad infantil” de la democracia.

Y en ese clima, más allá de las estrategias y los postureos, como ahora se dice, ya resulta difícil distinguir dónde empieza la táctica partidista y dónde las cuestiones de Estado. Por ejemplo, en el conflicto institucional declarado por la exigencia del Poder Legislativo de controlar al Ejecutivo. Al hacerlo, el Congreso no hace más que cumplir su función constitucional. Pero, estando el gobierno en funciones y con su iniciativa muy limitada, son lícitas las dudas sobre la intención última, sobre la imparcialidad del presidente del Congreso y sobre el talante del gobierno, que no sólo no se deja controlar, sino que con el plantón de Morenés a la Comisión de Defensa, se negó a dar información a la Cámara.

Este episodio, que nunca se nos hubiera ocurrido que pudiera suceder, no es más que un aviso de cómo serán los próximos tiempos políticos: de lucha feroz por el poder, pero no sólo en su aspecto clásico de ganar el gobierno. El Legislativo quiere dominar al Ejecutivo, y el Ejecutivo al Legislativo. La derecha quiere imponerse como única garante del bienestar. Los partidos de izquierda pugnan por la primacía. Los nacionalismos ven clima para reclamar el derecho a decidir. Los pactos son difíciles, quizá imposibles, porque nadie quiere ceder.

Y un poco de todo eso asomó en los partidos nuevos. Nadie le puede discutir a Pablo Iglesias su derecho a cesar al secretario de organización, si la organización está mal gestionada. Pero como el ambiente es de conquista del poder, se entendió como un intento de dominio absoluto del partido y lo entendió, sobre todo, el señor Errejón. Esa será la imagen de Iglesias durante algún tiempo, alimentada por quienes desean su debilidad para forzar el pacto con Sánchez y por quienes aumentan esa debilidad para liquidar a un adversario. Y a Ciudadanos lo quieren hacer víctima de su propia bondad. Se la juega con el pacto con el PSOE ante su electorado conservador. Pero, sobre todo, está en marcha una operación para quitarle el capital ético acumulado por su ideología del pacto.

Anotadas estas circunstancias de los dos partidos nuevos, tiene sentido una pregunta: si hay elecciones ¿volveremos al bipartidismo? Las encuestas dicen que no. Podemos y C’s siguen siendo los partidos que suben. Pero en Moncloa no sólo están metidos en campaña. Están convencidos de que el lío juega a su favor.