• La elite separatista se queja cada día de la asfixia financiera que sufre Catalunya, pero es la mejor pagada de toda España

Se han cumplido dos meses de la elección de Carles Puigdemont y lo mínimo que se puede decir es que el ‘procés’ separatista ha entrado en una fase tan contradictoria que a veces resulta difícil tomárselo en serio. La amenaza de desobedecer al Tribunal Constitucional que figuraba en la declaración del pasado 9 de noviembre se ha demostrado puro verbalismo. Todo se modifica, ni que sea levemente, para no cometer un delito de desacato, que supondría la suspensión del cargo y su retribución. Porque no hay ningún héroe dispuesto a esto último. Tampoco el ‘conseller’ Raül Romeva. El proyecto independentista es un factor de cohesión entre otras cosas porque garantiza un excelente modus vivendi a sus políticos y compañeros de viaje. No olviden que en el Govern y en los organismos de la Generalitat se pagan sueldos muy generosos, mucho más que en el ejecutivo español. La elite del ‘procés’ se queja cada día de la asfixia financiera que sufre Catalunya, pero es la mejor pagada de toda España. Nadie se lo ha recordado a Puigdemont en el pleno sobre la pobreza cuando ha dicho que no hay nada que hacer hasta el día de la independencia. Tampoco la de mostrar algo de solidaridad practicando con el ejemplo.

El ‘procés’ ha entrado en su fase más tonta. Oriol Junqueras dice estar preparando la hacienda catalana para la secesión, pero suplica un adelanto al ministerio de 1.000 millones para pagar a las farmacias. También exige el cumplimiento de la ley de financiación autonómica, normativa que requiere la colaboración leal con la Agencia Tributaria. Entre tanto, nos enteramos de que la Generalitat, cuya autonomía está agotada según los nacionalistas, ha sido incapaz hasta ahora de asumir todas las competencias que le corresponde estatutariamente. En materia de tributos, sucedía con la recaudación por vía ejecutiva, que seguía haciendo el Estado, y con el cobro de los impuestos propios y cedidos fuera de las capitales catalanas, que subcontrataba a los registradores de la propiedad. Para rematar el choque entre la realidad y la ilusión, Joan Iglesias, el hombre que iba a impulsar la modernísima hacienda de la futura república catalana, ha decidido reingresar a su plaza en la agencia estatal. Dicen que ha salido corriendo.

Pero lo más sintomático de esta fase idiota del ‘procés’ es lo sucedido con las leyes de “desconexión”, cuyos nombres han sido cambiados en otro alarde de astucia, aunque todavía no se sabe cuándo ni cómo se tramitarán. No van a poder discutirse en el Parlament, que es lo que pretendía JxSí, porque tendrían que desobedecer al TC. Por eso ahora se empecinan en crear una ponencia conjunta contra el criterio de los letrados, para ocultar hasta el final unas leyes que ya tienen redactadas. El objetivo es puramente electoral. Convencer a los suyos que durante estos 18 meses el Govern no los ha tomado por idiotas.