Que la CUP haría todo lo posible para complicar la labor del Govern Puigdemont estaba escrito. Que la CUP daría inestabilidad a la mayoría independentista del Parlament también se sabía. La CUP hace de CUP, no hay nada que decir. Aquella CUP de tres diputados liderados por David Fernàndez fue una extraña excepción y operó con un sentido de la responsabilidad que no se correspondía con la dinámica habitual de una organización pensada para la agitación. La CUP de verdad es la que dirige Anna Gabriel. El error de Junts pel Sí es haber pensado que después de la retirada de Mas podrían conseguir una colaboración eficaz con los anticapitalistas. Es un error que está convirtiendo la política parlamentaria en un psicodrama que desgasta las instituciones, los partidos soberanistas y la idea de la independencia.

Estas relaciones imposibles de Junts pel Sí y la CUP dan del proceso una imagen caótica. El proceso como olla de grillos, una estampa que hace las delicias de los contrarios a una Catalunya independiente. Para el votante soberanista, el espec­táculo no puede ser más frustrante: el autogol es permanente. La distancia entre la complejidad del objetivo proclamado y una cotidianidad lastrada por la táctica y la reyerta entre socios es de difícil digestión. Los cuperos no dejan pasar ninguna oportunidad de descolocar a los soberanistas mayoritarios, lo cual incrementa –de rebote– las desconfianzas entre convergentes y republicanos. Añadamos a eso el nerviosismo del entorno de Junqueras por la sombra que la popularidad de Puigdemont puede hacer al líder de ERC y por la dureza evidente del reto asumido por el vicepresident. La interlocución que el republicano busca con Madrid es un arma de doble filo.

Con todo, la debilidad de fondo del independentismo en este momento no proviene sólo de la complicada correlación de fuerzas que nos dejó el 27-S. Hay una fragilidad que no depende de los partidos. Si salimos del Parlament, descubrimos que en la base del movimiento soberanista –en la calle y en las organizaciones cívicas– actúan con mucha fuerza unas premisas determinadas. Estas constituyen el encuadre prepolítico de un proyecto político que, en la medida que debe concretar, corre el riesgo de perder transversalidad.

Por todo eso hay que preguntarse si ha sido muy inteligente mezclar los tiempos de la secesión democrática con los tiempos de un proceso constituyente, como si sobraran las energías para echar al mismo tiempo un pulso sin precedentes a los poderes del Estado y la formulación detallada de lo que debe ser una república. La explicación oficial es que un proceso constituyente servirá para ampliar la base de los partidarios de la independencia. La paradoja es que los sectores que el independentismo quiere seducir con eso –el mundo de Colau, ICV y Podemos, sobre todo– han hecho saber que el proceso constituyente no tiene que acabar forzosamente con un Estado independiente, puede ser una revisión de la autonomía, hecha con mucha alegría y participación, una intención que me recuerda aquel bus del Estatut que se inventó en el 2004 Joan Saura.

Hay dos debates que los ambientes soberanistas tienen gran dificultad de hacer porque ponen de relieve, precisamente, unas premisas prepolíticas muy arraigadas y de difícil revisión. Hablo de la discusión sobre el ejército y sobre la consideración de las lenguas catalana y castellana en una Catalunya independiente. Se trata de dos debates tabú que provocan un nivel de discordia altísimo entre los partidarios de la secesión. Estos tabúes constituyentes definen –sin querer– la concepción de muchas cosas, empezando por la idea que nos hemos hecho de la nación y de unos supuestos valores colectivos.

 Fijémonos: nos cuesta ponernos de acuerdo sobre dos elementos clave de la vida de cualquier Estado: la defensa y el idioma. Hablar del ejército es impres­cindible pero nos desagrada, porque representa asumir la parte menos amable de la soberanía plena o cosoberanía europea. Es un dato muy significativo que en la encuesta que CDC ha hecho entre su militancia haya un 27,5% que rechaza frontalmente la creación de un ejército y un 44,4% par­tidario de de­legar la defensa en un hipo­tético ejército supraestatal. ¿Qué nos dice eso sobre la idea de las relaciones internacionales que tienen muchos soberanistas? Hablar de la lengua es también imprescindible –lo hacen España y Francia constantemente–, pero parece que entra en contradicción con un independentismo de nuevo cuño que ha escondido la base identitaria y ha subrayado las razones materiales y prácticas para llegar a más gente. Hoy se presenta un manifiesto de expertos que son críticos con las tesis soberanistas a favor del bilingüismo, una acción que otros sectores ven como la expresión de una preocupación carente de visión política de conjunto. Más allá de las razones de unos y otros, no deja de ser inquietante que el abordaje público de este asunto tan delicado se haga en unos términos que parecían superados.

Mientras Junts pel Sí y la CUP se pe­lean, todo esto va cociéndose a fuego lento.