Un saludo protocolario. Eso es todo lo que ha dado de sí el encuentro de los presidentes del gobierno español y de la Ge­neralitat de Catalunya. Han sonreído, ­caminaron juntos unos metros, se sentaron también juntos en la ceremonia, se despidieron y ahí terminó la historia del encuentro. No estaría mal del todo, si desde el 10 de enero en que Puigdemont fue investido president hubieran mantenido algún encuentro, alguna conversación ­telefónica o se hubieran cruzado alguna carta. Pero no hubo tal encuentro, ni tal correspondencia, ni tal conversación, salvo que consideremos como tal la broma radiofónica que le hicieron al señor Rajoy. Tampoco estaría mal del todo si entre Catalunya y el Estado las cosas funcionasen con normalidad y no hubiese problemas de relación.

Pero ocurre todo lo contrario, qué les voy a contar a los lectores de este periódico. Ocurre que se acaba de poner en marcha la primera de las leyes que busca la construcción del Estado catalán. Ocurre que el señor Puigdemont acaba de declarar que Catalunya puede conseguir la independencia de forma unilateral. Y ocurre que la desconexión, al margen de cómo salga finalmente, es un estado de ánimo en multitud de ciudadanos. Y ambas personalidades, representantes del mismo Estado en sus distintos niveles, son incapaces de mantener una mínima conversación política o, simplemente, de emplazarse para mantenerla. Una de dos: o son unos tímidos que no se atreven a dar el primer paso o no tienen nada que decirse.

Probablemente ha ocurrido uno de esos episodios pintorescos, pero frecuentes en las relaciones humanas, en las políticas y en las amorosas: Puigdemont esperaba que Rajoy le llamase para felicitarle por su investidura, Rajoy no lo hizo y el president lo consideró una descortesía o un me­nosprecio. Rajoy, por su parte, esperaba una llamada de Puigdemont, la esperaba tanto que picó en la broma radiofónica, y como no se produjo la llamada real, anda como reina ofendida. Ahora se ha convertido en una cuestión de orgullo y ninguno de los dos levanta ya el teléfono: Puigdemont, porque podría entenderse como una confesión de dependencia o nece­sidad de Madrid, y Rajoy, porque podría entenderse como la confesión de ansiedad, cuando tiene que transmitir tranquilidad y seguridad.

Acabo de exponer, naturalmente, una tesis personal, pero creíble. Y, aunque no lo sea, ahí quedan las fotos de ayer, que, como siempre, valen más que mil pa­labras: dos representantes del mismo ­Estado en la más completa incomunicación; una relación que se mantiene en los términos estrictamente obligados por la buena educación; una distancia sideral; dos hombres que son las cabezas visibles del mayor problema político de España que no tienen nada que decirse… Ese es el retrato de la relación política Catalunya-Estado español. Si sigue así, la única vía de comunicación que les queda es, efecti­vamente, el Tribunal Constitucional.