Constataba Antonio Elorza hace dos semanas en un artículo periodístico que «ni Podemos ni PP han hecho la menor alusión en tres meses al que decían era su principal adversario, ni a sus proyectos políticos». En el caso de los primeros, a la vista está que prefirieron centrar sus ataques en otras fuerzas políticas(el fugaz paso de Pablo Iglesias por una mesa de negociación merece una credibilidad comparable a la de Artur Mas despachando su negociación del concierto económico con Rajoy en una tarde) que a poner los medios para desalojar al todavía inquilino de La Moncloa.

Los habrá que atribuyan esta intransigencia de Podemos a razones ideológicas. Aceptar una tal interpretación, aunque sea para a continuación condenarlas por dogmáticas, trasnochadas o cosa parecida, no deja en realidad de ser una manera de aceptar la versión que tiene interés en difundir la propia formación morada. Según ella, su actitud debería ser leída como una cuestión de coherencia, de firmeza en la defensa de los propios principios o de rebeldía frente a quienes pretenden domesticarla. Pero lo cierto es que si algo no ha acreditado Podemos en el tiempo que lleva de vida es precisamente coherencia ideológica (variando de convocatoria electoral en convocatoria electoral el contenido de su propuesta política) o energía en defender unos principios que, si estuviéramos para bromas, diríamos, con Cayo Lara, que guardan más bien un cierto aire de familia con los grouchianos (ya saben, aquello de «estos son mis principios; si no le gustan tengo otros”) a la vista de cómo varían, incluso en aspectos sustanciales, según las previsiones electorales que le van proporcionando las encuestas.

Un solo ejemplo bastará para ilustrar la sistemática inconcreción de sus propuestas. Invitado recientemente Íñigo Errejón, en el transcurso de una entrevista, a que detallara un poco la opción que defendía Podemos como solución al conflicto político planteado entre Cataluña y el resto de España, lo máximo que alcanzó a especificar fue un auténtico ‘flatus vocis’, el reiterado «habrá que negociar un nuevo marco de encaje territorial escuchando a la ciudadanía [sic]». Era la nueva versión, apenas actualizada en el lenguaje, de lo que hasta hace relativamente poco muchos responsables políticos de Podemos señalaban: además del candado de la forma de Estado, existía el del modelo económico, educativo, etc. A continuación añadían, indefectiblemente, que resultaba necesario abrirlos todos, consultando a los ciudadanos, sin prejuzgar ni proponer nada.

Pero volvamos a lo que en este momento nos importa. Porque, frente a tantas indefiniciones y vaivenes programáticos, lo que, en cambio, sí ha dejado claro de sobra Podemos es que prefiere que gobierne Mariano Rajoy a que lo haga Pedro Sánchez. O, tal vez mejor dicho: hace pasar por delante su expectativa de ‘sorpasso‘ al PSOE a que la gente, a la que tanto invoca, deje de padecer las políticas del PP. En este aspecto nos encontramos con una coincidencia absoluta, como ya ocurrió en otros momentos del pasado (no deja de ser llamativo constatar como quienes tanto denuestan la Transición parecen empeñados en repetir, a veces hasta en los menores detalles, alguno de sus episodios) entre los dos partidos que representan los dos extremos del arco parlamentario.

No se trata, conviene resaltarlo, de tomas de posición meramente coyunturales, relacionadas con los escarceos tácticos que conllevaba reunir votos para una investidura, sino de una coincidencia estratégica de fondo, como señalaba recientemente en estas mismas páginas José Antonio Zarzalejos. Valdrá la pena recordar sus palabras: «Podemos quiere triturar al PSOE -sustituyéndolo en la izquierda y reduciéndolo a la mínima expresión- y el PP también, porque prefiere un adversario radical como es el partido de Iglesias antes que a una formación socialdemócrata». En efecto, muy probablemente la fantasía del PP es que Podemos (y Pablo Iglesias) venga a resultar algo así como el equivalente a lo que fue Alianza Popular (y Fraga) para el PSOE (y Felipe González): la garantía de que nunca alcanzarán una mayoría alternativa y, por añadidura siempre cumplirán, con su radicalidad, la función de cohesionar a los conservadores.

Por supuesto que el planteamiento de Podemos es, una vez sobrepasado el PSOE, mostrarse más amable, con menos aristas, y así ensanchar su base electoral de modo que no resulte inverosímil el objetivo de alcanzar el poder. De hecho, tanto Monedero (mirando de reojo a Lenin) como Errejón (haciendo lo propio con Gramsci) llevan tiempo insistiendo en la idea de la imagen de amabilidad que necesita su formación. Se trataría, desde una perspectiva política, de ir atrayendo al electorado más moderado, ese que venía votando socialista hasta ahora, ahuyentándole el temor a que su posible cambio de voto hacia Podemos fuera a avalar políticas radicales o alocadas. Probablemente esa constituya la clave bajo la que se comprenda mejor una línea argumentativa en la que insiste mucho Pablo Iglesias últimamente. Cada vez que se le reprocha que alguna de sus propuestas puede sonar a antisistema, desestabilizadora o cosa parecida, replica que en realidad se trata de una propuesta que hace un tiempo ya había presentado el propio PSOE (esto lo utiliza para justificar desde algunas de sus iniciativas económicas hasta el referéndum en Cataluña). El argumento es de doble uso: por un lado, sirve para que una parte del electorado socialista pueda ver en Podemos la reencarnación, actualizada, de los ideales abandonados por su antiguo partido y, por otro, permite a la formación morada hurgar en la herida de las presuntas contradicciones de los herederos de Felipe González.

Probablemente estemos ante un argumento diseñado, como tantos otros, para una tertulia televisiva. O que incluso podría tener una cierta efectividad en uno de esos debates parlamentarios típicos de la vieja política, basado exclusivamente en el argumento del ‘y tú más’. Pero si se trata de proporcionar a la ciudadanía las claves para hacer inteligible lo que le está pasando, así como los instrumentos críticos para que pueda elegir de entre las opciones que se le ofrecen la que mejor representa sus intereses y preferencias, ya no vale andar jugueteando con las palabras ni retorciendo los argumentos. Y esa clarificación pasa por resolverle a los ciudadanos una duda que muy probablemente les habrá asaltado: cuando los socialistas presentaban las propuestas que ahora Podemos ha hecho suyas, esta fuerza política (o, en su defecto, sus precursores, o sus padres políticos, de los que se reclama) ¿qué defendía? Porque si entonces no se sumaba a las propuestas que ahora ha decidido asumir como propias con tanto empeño (¿alguien recuerda lo que decía, por ejemplo, cuando Pere Navarro, durante su etapa al frente del socialismo en Cataluña, defendía un referéndum legal y acordado?: seguro que no, porque por aquel entonces el partido de Pablo Iglesias prefería mantener un espeso y calculado silencio respecto a dicho asunto), tal vez debería, antes que nada, y en vez de estar tan pendiente del adversario a batir en la izquierda, explicar sus propias mudanzas para que el ciudadano supiera a qué atenerse y pudiera decidir, con conocimiento de causa, acerca de la veracidad de unos y de otros. Si es que eso de la regeneración política le importa a Podemos tanto como dice, claro.