• Nunca sentí tan amenazada la convivencia en Catalunya como ahora

A lo mejor es la distancia. O la esquizofrenia de sentirse demasiado a menudo en tierra de nadie… Pero ya no entiendo casi nada. Llevo 10 años en Madrid, donde no solo he recuperado el amor por la radio, he echado de menos a muchos colegas de TV-3 y me he castigado un poco más el cuerpo por esa incurable enfermedad de jugar al fútbol; incluso me he casado y he tenido dos hijos preciosos. Pero siempre me ha quedado tiempo para mandar a la mierda a más de uno (pocos, sinceramente…) cuando sus comentarios sobre Catalunya o los catalanes me han parecido ofensivos. La catalanofobia no es un invento; existe, y es transversal, aunque no mayoritaria.

Pero lo que me tiene descolocado no es eso, sino las insistentes señales de que algo se está quebrando –no sé si de forma irreparable– en la tierra donde nací. Hace tiempo que doy casi por muerta una relación política sana entre Catalunya y España (o el resto de España, para que nadie se moleste) y no voy a entrar ahora en las causas, pero nunca sentí tan amenazada como ahora la convivenciaque más me interesa: la de las personas. ¡Al loro! Esto no es ningún canto apocalíptico, ni mucho menos una declaración de guerra. No voy a emular a los que utilizan frívolamente –o con mala leche– las alusiones al nazismo o repiten el mantra de que el castellano está amenazado en Catalunya. ¡Manda huevos! Pero justamente por eso no creo que podamos anotar a título de simple inventario historias como la del famoso manifiesto del monolingüismo, los cipreses cortados al pobre Albert Boadella, la publicación de libros como ‘Perles catalanes‘ (con su lista de ilustres ‘botiflers‘) o la campaña feroz que algunos miembros –y miembras— de la CUP tuvieron que soportar cuando la presidencia de la Generalitat pendía de un hilo.

JORNADA NACIONAL DE REFLEXIÓN

Creo, sinceramente, que necesitamos un ‘reset’. ¿No sería posible convocar una especie de jornada nacional de reflexión? ¿Este es el país que queremos, sea o no independiente? ¿Militar en el PSC o en Ciutadans o en el PP te convierte en traidor a algo o a alguien? Si uno quiere selecciones catalanas pero se emociona con el gol deIniesta en Sudáfrica, ¿es un catalán bipolar o blando? Un culé que no es antimadridista, ¿es imperfecto o tarado? Otro al que le encanta ‘La serotonina’ de Manel pero tararea ‘Cuando aprieta el frío’ de Sabina, ¿es sospechoso o incoherente? ¿Se puede cenar un día (¡¡¡solo un día!!!) sin  hablar del ‘procés’, ni que te pregunten cómo se ve desde Madrid (en Madrid me preguntan cómo se ve desde Barcelona). Y es más: ¿se puede pasar de patrias y banderas –las que sean– sin que nadie te mire mal?

Vamos a ver, no sé exactamente por qué estoy escribiendo este artículo –igual es porque esta semana me han visitado los compañeros del programa ‘El foraster‘ y lo hemos comentado–, pero sí que me sentiría peor si no lo hiciera. Porque no pretendo convencer a nadie ni estar en posesión de ninguna verdad, pero quedarme mudo tampoco me convence. Me han tildado de españolista en Catalunya y algunos me consideran proindependentista en Madrid. Así que desde la discutible autoridad que confiere recibir hostias de todas partes: por favor, ¿podríamos pensar un poquito más las cosas antes de decirlas o de hacerlas? Nos estamos convirtiendo en –o estamos fabricando– enemigos entre nosotros mismos. Y un país de buenos y malos, se llame como se llame y tenga el régimen político que tenga, es una mierda de país. Yo no lo quiero.