Hasta hace unas semanas Artur Mas llevaba en el bolsillo interior de su americana una copia –la copia– del acuerdo que CDC cerró el 9 de enero con la CUP. Una hoja de papel con cinco puntos que le costó un paso “al lado” y propició la presidencia de Carles Puigdemont. Seguir con el documento en el bolsillo (junto a un horario de autobuses la última vez que lo vi) resulta del todo estéril. No porque Mas se lo sepa de memoria y lo demostrara orgulloso entrevista tras entrevista, sino porque cualquier lema electoral, hasta el de la Convergència que se presentará al 26-J, prefiere los hecho y no las palabras. Los hechos son que al expresident no le dio tiempo de superar el duelo por dejar el Palau de la Generalitat de la noche a la mañana cuando se encontró en pleno duelo al comprobar que podía haber renunciado para nada. O para menos de lo previsto.

La elección de Carles Puigdemont y su quehacer sereno devolvió a su cauce las aguas del partido y de las relaciones con ERC, pero la izquierda anticapitalista navega con rumbo propio.

“Lo que las urnas no nos dieron hay que corregirlo con la negociación”, defendió Mas el día de su adiós. Dio por hecho que Junts pel Sí controlaría la actividad parlamentaria y que el mea culpa suscrito por los cuperos era una penitencia perpetua. Sí, la izquierda anticapitalista asumió literalmente sus “errores en la beligerancia expresada hacia Junts pel Sí, sobre todo en lo relativo a la voluntad inequívoca de avanzar en el proceso hacia la independencia”. Pero su nueva hoja de ruta política considera que el acuerdo es una “prisión que encorseta el proyecto rupturista y anticapitalista” y le impide su papel de “dinamizador de la ruptura independentista”.

Junts pel Sí y la CUP votaron y revotaron una declaración de ruptura que el Govern quiere conducir por la misma vía de “audacia” administrativa que transitó Mas. Mientras los anticapitalistas viven de la “desobediencia clara y frontal” que las arcas de la Generalitat no se pueden permitir. Así que las votaciones perdidas de Junts pel Sí se cuentan por docenas en cuatro meses y la coordinación con los diputados de la izquierda anticapitalista se limita a pactar la diferencia para hacerla tan poco digerible como la libertad de voto atribuida a los parlamentarios de CDC y ERC.

La tensión en Junts pel Sí es continua y va en aumento. La apuesta por el eje nacional que justificó la candidatura unitaria del independentismo vira hacia el eje izquierda-derecha como una veleta en función del tema que se ponga sobre la mesa y Esquerra es la única que se encuentra en situación de win-win señale donde señale la flecha.

Junqueras se atribuyó el papel de discreto mediador entre CDC y la CUP durante las negociaciones para la investidura y ahora vuelve a ejercer de casco azul entre fuerzas antagónicas pero con el riesgo de no salir indemne. Su proyecto de presupuestos depende del voto de los diputados cuperos a los que sólo el líder de ERC otorga la condición de socio fiable. Quizás sirva para una coalición de izquierdas. Los anticapitalistas pactaron con Mas, lo enviaron a la “papelera de la historia” y ahora quieren cambiar de aires. En su vocabulario político no existe la fórmula Junts pel Sí. Sólo la suma circunstancial de CDC y ERC. El nombre no hace la cosa ni un papel garantiza los socios. No con la CUP.