Todo lo que está surgiendo hoy en Catalunya parece conducir a un futuro Govern soberanista de izquierdas después de la presidencia de Puigdemont. Si los resultados del 26-J desembocan en la continuidad del PP en la Moncloa, esta hipótesis cogería todavía más fuerza. El crecimiento de ERC y la pujanza de los comunes más el ciclo descendente de CDC dibujan un escenario que no tendrá nada que ver con ninguna declaración unilateral de independencia ni –como quieren los cuperos– con una desobediencia generalizada. Dentro de unos meses, Junqueras podría decir desde la presidencia de la Generalitat lo que en boca de Puigdemont sería tildado (por los republicanos, la ANC y otros) de rendición: hay que reescribir la hoja de ruta para cambiar los ritmos sin abandonar el objetivo, y para incorporar al supuesto proceso constituyente a toda la buena gente que confiaba en las promesas de Podemos, rotas contra la realidad del Madrid oficial.

Que CDC (o la organización nueva que salga de ella) volverá a la oposición más pronto que tarde es una previsión muy compartida. ¿Razones? El desgaste de gobernar, los recortes, el caso Pujol y otros casos de real o supuesta corrupción, y un factor que no se tiene lo bastante en cuenta: no está de moda todo lo que proviene de los pactos de la transición; de esta regla sólo se salvan los poscomunistas, tuneados en los comunes. La conversión de CDC y de Mas al independentismo no ha compensado esta percepción.

Así las cosas, los convergentes deberían pensar –antes y durante su refundación– que su misión principal es (además de eliminar toda sombra de corrupción) librar la batalla de las ideas que nunca han querido librar. Hay quien dice que CDC no puede ser una versión light de ERC. ¿Qué quiere decir eso? Si el problema es que CDC se ha hecho independentista como ERC, el diagnóstico es erróneo; la prueba es la desaparición de Unió por aferrarse a un autonomismo estéril. Si el problema es que CDC ha olvidado la agenda centrista y acepta posiciones que su electorado no entiende, el diagnóstico es acertado. El grupo parlamentario de Junts pel Sí, en la práctica, arrincona los valores de centro y adopta líneas de izquierda populista –cesiones para contentar a la CUP– más que de socialdemocracia seria. Junts pel Sí -que Junqueras considera un experimento fallido– no expresa ahora la pluralidad del mundo independentista. Esta desfiguración viene de antiguo: Mas aceptó –siendo president– hacer “un giro social”. Grave error que dio la razón a la oposición.

Los convergentes perderán. Puestos a ser derrotados, vale más que lo hagan proclamando con seguridad, inteligencia y claridad sus ideas en vez de simular que asumen las de una izquierda populista, irresponsable y paternalista que piensa que la riqueza a repartir proviene del aire. Perder con las ideas del rival te condena a desaparecer.