Esperábamos en casa con mucho interés y excitación el viaje de Quim Masferrer a Madrid (El foraster, TV-3). Después de pasar unos días circulando por las calles de la Villa y Corte, Masferrer exclamó ante un nutrido público que llenaba el Teatro Calderón: «Madrid engancha. Si los catalanes nos madrileñizásemos un poco, quizá conseguiríamos todo lo que nos propusiéramos», y provocó un aplauso atronador. ¡Ah! El viaje de Masferrer ha sido inteligente. No ha caído en la burda polarización. No ha dramatizado el acento. Ha sido una pequeña tournée mentalmente muy fluida. Nos ha enseñado que los catalanes que viven en Madrid están contentos. Hombre, después de este viaje, es posible que a Masferrer Convergència nunca le nombre senador como premio, pero le cabe la satisfacción de no haber transformado su periplo en un enfermizo instrumento. En casa nos han gustado mucho dos momentos. Uno, cuando ha visitado el bar Torre del Oro, en la Plaza Mayor, y se ha encontrado colgada en la pared la cabeza de un toro de nombre Segador. El dueño del local le ha asegurado que era un toro catalán. A su lado colgaban fotos de Franco, Juan Carlos I, Aznar, Ana Botella y Ernesto Che Guevara. ¡Ah! Tremenda comunidad de vecinos de pared la de este toro. También estaba allí Marc, un joven catalán que vive en Madrid desde hace seis meses y contra todo pronóstico no le ha sobrevevenido ninguna enfermedad, ni sarpullido infeccioso. Le preguntó Masferrer: «Con todo lo que nos está pasando políticamente, tú aquí debes haberte encontrado con mucha tensión, con mucha picabaralla ¿no?». Y Marc, asombrado, contestó: «¿Tensión? Cero. Ni picabaralla, ni res. Toda la tensión que tú te puedas imaginar no diré que es cosa de los medios, pero en la calle, en el día a día, no es real». Interesante advertencia la del joven Marc, sacada de su propia experiencia.

El otro momento resaltable de la tournée madrileña de Masferrer fue cuando visitó el Cercle Català, junto a la Plaza de España precisamente. Allí conoció a Mercè, una catalana que lleva 46 años viviendo en Madrid con toda naturalidad. Le preguntó: «Tu has plorat d’enyorança?». Y Mercè contestó: «No. Nomès una vegada que cantaven l’Emigrant».

Tengo un viejo amigo, de la calle Torrent de l’Olla, que siempre está circulando por el mundo. Suele decirme cuando nos vemos: «Viajo tanto porque a mí, l’enyorança i la plorera, me entran más aquí que afuera».