• La duda es si el nuevo partido seguirá tan fiel a su opción más soberanista en el caso de que no la lidere

Uno de los datos más significativos de las pasadas elecciones es que CDC se ha salvado, y sin haber pedido perdón, de un peligro de revolcón tan presentido como anunciado. El partido dispone de una base fiel, no sufre deserciones significativas de cuadros, y cuenta con dos de los tres jefes (no líderes, porque nadie lo puede ser) del ‘procés’, los ‘presidents’ Artur Mas y Carles Puigdemont. Este fin de semana, CDC intenta recuperar la centralidad catalanista, es decir, soberanista. ¿Lo conseguirá?

Nadie espera el regreso de los convergentes a las posiciones de dominio de la política catalana. A Convergència le ha salido un competidor-colaborador. ERC ha reiterado un ‘sorpasso’ que hasta hace poco parecía imposible. Los de Junqueras están limpios y disponen de muchos números para consolidar la primera posición y ganar las próximas elecciones catalanas. Pero CDC no está arrinconada, ni mucho menos. Competirá, y con más éxito, cuanto mejor se sitúe en los tres ejes operativos de la política, ahora y aquí: cambio, soberanismo, derecha-izquierda.

A diferencia del PSC, Convergència se transformó en un partido de cambio. En el mundo globalizado y en la Europa de hoy, no hay cambio más trascendente que construir un nuevo Estado. Dar la vuelta al statu quo es lo contrario del inmovilismo. Ahora bien, si CDC se transforma en un nuevo partido no es por eso, que ya estaba asumido, sino para desprenderse del tufo de la corrupción, de los Pujol y del viejo caciquismo. CDC ya había cambiado de objetivos y ahora cambia de estructura, nombre y dirigentes, aunque no de presidente. Mas es un activo que, acurrucado a la sombra del poder, espera por si puede dar el salto.

LAS NOVEDADES DEL CONGRESO

Hay que esperar al resultado del congreso de este fin de semana para precisar la posición soberanista. En una escala del 1 al 10, donde el 1 es el PP de las campañas contra el Estatut y la persecución paranoica del independentismo, C’s no pasa del 2, el PSC no consigue llegar al 4, En Comú Podem oscilan entre 5 y 7 y ERC se aferra sin vacilaciones al 10, el partido heredero de CDC puede optar entre el 8 y el 9 o bien entre el 9 y el 10. Es más probable la segunda opción, cuando menos sobre el papel, a la vista de lo que declaran la inmensa mayoría de sus dirigentes, empezando por Puigdemont. Los defensores de lo que algunos denominan revisionismo y otros amplitud de la oferta soberanista quedarán en un segundo o tercer plano, como ruedas de repuesto en el maletero, por si las demás pinchan.

Las novedades en el eje social no pasarán, previsiblemente, del liberalismo compasivo. A lo largo de su historia, Convergència fue virando desde el modelo sueco y un proclamado pero nunca ejercido amplio espectro ideológico hacia el neoliberalismo rampante, más partidario de las privatizaciones que de la justicia social. El nuevo partido, que dominarán los de derechas, se proclamará de centro y enseñará incluso dos tímidas patitas, una socialdemócrata y otra socialcristiana, pero todos a una intentarán corregir la fama, bien merecida, de insensibles ante el sufrimiento de los perdedores de la crisis.

A pesar de que el soberanismo también se alimenta de la protesta, a los convergentes les cuesta asumir que la gran desigualdad proviene del capitalismo predador y desregulado que, desde la caída del muro, ha dominado el panorama mundial. El nuevo partido será ‘business friendly’ pero, a diferencia del viejo, amigo también de los pobres y partidario de un reparto algo más equilibrado de las cargas fiscales y la redistribución de la riqueza. Menos, imposible.

PESCAR VOTOS PRAGMÁTICOS

La guinda del pastel es un eslogan -sin Convergència no hay independencia- que funciona muy bien a la hora de pescar votos pragmáticos que en otras circunstancias votarían soberanismo de izquierdas. Tal vez no bastará para revertir el ‘sorpasso’ de ERC, pero sí para mantener un cierto equilibrio y superar los sondeos que auguraban un resultado de 40 escaños para ERC y solo 20 a CDC. Entre el 48% de electores que han dado mayoría independentista al Parlament, no son pocos los que creen tanto en la necesidad de Convergència que se tragan el siguiente eslogan subyacente: primero independencia y después decencia.

Ahora bien, el problema del nuevo partido, de ERC y de todo el independentismo, se llamaba y se llama 50%. No son los disensos, llamados a disminuir a medida que se acerque el final de la legislatura, sino la necesidad de ampliar el perímetro. Quizá el compás ensanche su círculo de manera natural, por desengaño de los cambios en España, pero si se debe abrir a partir de la política, los posibles nuevos votantes están en la izquierda, y quien podría aproximarlos es ERC, no Convergència. En este sentido, la duda que no se desvanece es si el nuevo partido seguiría tan fiel a su opción independentista en el caso, muy probable, de que deje de liderarla.