La política catalana vive en suspenso, entre paréntesis, desde que la CUP decidió tumbar los presupuestos y Carles Puigdemont replicó con una moción de confianza. Desde el punto de vista de lo que podríamos llamar la izquierda –si tal etiqueta retiene algún sentido todavía- los presupuestos nuevos eran mucho mejores que la prórroga de los antiguos. Sin embargo, la CUP no funciona en esos términos. Funciona binariamente: bueno o malo, amigo o enemigo, sí o no. Es una mentalidad poco democrática, incluso antipolítica, puesto que prescinde del gris y los matices, y simbiótica con una tipo de ideología circular, autorreferencial. Por eso la CUP es incapaz de respetar los compromisos que toma –su único compromiso es consigo misma- ni de incorporar en sus cálculos las consecuencias de sus actos. 

La CUP tendrá ocasión el 28 de setiembre de acabar con su segundo ‘president’ (ambos independentistas) en menos de un año. Para tratar de impedirlo, Junts pel Sí aprobó apresuradamente a finales del mes pasado las conclusiones de la Comisión de Estudio del Proceso Constituyente. Hay que recordar que el grupo mayoritario hizo algo parecido para tratar de salvar a Mas. Entonces fue la declaración de desconexión del 9 de noviembre de 2015. Un grave error, pues proporcionó al Estado español nuevos resortes contra el proceso catalán. Lo advirtieron prestigiosos juristas a los que no se hizo caso. Los de la CUP guillotinaron igualmente al ‘president’, pero garantizaron la estabilidad del ejecutivo de JxSí. Estaban mintiendo.

Cuando se discutía sobre el presupuesto, el pasado junio, la diputada Reguant tuvo la desfachatez de alegar que no es que la CUP hubiera roto el pacto de estabilidad con JxSí, sino que aquel acuerdo había mutado.

El 27-S el independentismo perdió el plebiscito porque lo planteó mal, al enfrentar las papeletas de JxSí y la CUP a todas las demás juntas, cuando ‘podemitas’ e Iniciativa (CSQP) habían rechazado que se les sumara a los unionistas. Pero, más allá del plebiscito, el independentismo fracasó, aunque esto lo hemos visto después, al quedar a merced de la CUP.

No es buena idea hacer concesiones a la CUP para intentar apaciguarla. Eso no funciona ni con los niños consentidos ni con los fanáticos. Me pareció un despropósito que JxSí aprobara la declaración del 9 de noviembre. También las urgencia respecto a las conclusiones de la Comisión del Proceso Constituyente. Y no es sólo que la CUP no sea de fiar. Es que, en los momentos difíciles, cuando uno se encuentra realmente contra las cuerdas, lo que debe blindar es la propia dignidad. Y ello pasa por afirmar los propios principios y valores esenciales. No por hacer nerviosas concesiones a quienes en realidad te consideran su enemigo. Hoy, además, los de JxSí no pueden alegar que no saben a quién tienen enfrente.