• Además de una etiqueta tremendamente excluyente, es una buena muestra de la triste división que vive hoy el catalanismo, que tiene su expresión más miserable en el fanatismo salvapatrias de los 140 caracteres

Poco antes del verano, se promocionó la etiqueta #som72 –diría que fue la Asamblea Nacional Catalana– como llamamiento a la unidad de los partidos independentistas, y, por extensión, de la militancia independentista. Para mantener viva la llama es vital que no haya corrientes de aire. Obviamente, la cifra sale de los 72 diputados de JxS y la CUP que pregonan el mantra del “inequívoco mandato democrático” del 27S, pero que en el fondo discrepan, con más disimulo unas veces que otras, sobre las vías y formas de alcanzarlo. Hasta ahora lo más osado que han hecho juntos ha sido desobedecer una advertencia del Constitucional al votar las conclusiones de una comisión de estudio parlamentaria. Poca broma. No se ha desobedecido ni una ley ni siquiera un triste decreto, pero ya sabemos que vende más la épica o la catástrofe que el periodismo, y los medios más solventes de aquí y de allá han abierto portadas hablando de desafío. Si empezamos a gastar así los calificativos, ¿cuál pondremos cuando se convoque el RUI o declare la DUI?

Pero volvamos al #som72, o #somos72, puesto que además de una etiqueta tremendamente excluyente, es una buena muestra de la triste división que vive hoy el catalanismo, que tiene su expresión más miserable en el fanatismo salvapatrias de los 140 caracteres. Hablamos quizás de la división más grave en los 130 años que hace desde que Valentí Almirall escribiera Lo Catalanisme, punto de partida de un movimiento de muy amplio espectro (ha abrazado desde sectores de la burguesía conservadora al marxismo internacionalista) que, con diferentes acentos, ha tenido como común denominador la reivindicación de la nación catalana. Los #somos72 de ahora, de intención aparentemente triunfal, resultan escalofriantes si se recuerda que hace sólo dos años #éramos87 (cuando en enero de 2014 el Parlament pidió poderes al Congreso para convocar un referéndum) o que, algo más allá, en noviembre de 2005, con la aprobación del Estatut #fuimos120 diputados votando a favor.

 ¿Quién ha sido el causante de esta división? Esto lo tendrá que decir la historia, cuando todo esto acabe, y según como acabe dirá una cosa o la otra. En mi modesta, intrascendente y siempre revisable opinión, ha sido aquello que se conoce como procés, y más concretamente sus prisas derivadas del tacticismo de un partido y de un líder muy concretos (perdón si me repito). No se puede pasar de pedir el referéndum (diadas de 2012, 2013 y 2014) a satanizarlo (diadas de 2015 y 2016) y a partir de aquí tratar de traidores y antidemócratas a quienes no se suman, quienes osan dudar que un 48% de los votos supongan ningún mandato demasiado claro, quienes no compran que todos los males vengan exclusivamente de Madrid, o quienes piensen que la convivencia no es imposición sino transacción.

En este país había habido un mínimo de respeto por las posiciones ajenas, a pesar de que fueran muy diferentes de las propias, que ahora ha desaparecido. Cuarenta años sin libertad de expresión habían hecho que se le diera un cierto valor. Incluso el pujolismo, con su componente mesiánico, fue más respetuoso con las otras expresiones del catalanismo de lo que en estos momentos es el procesismo (sobre todo el pujolismo ochentero, con la posterior llegada de la generación talibana se acentuó el sectarismo).

En España pasó lo mismo y de momento no ha habido forma de darle la vuelta. El respeto por las opiniones de los otros se empezó a perder a partir de 1993, cuando el PP y la caverna mediática pervirtieron el concepto de constitucionalismo y se apoderaron de una norma que era de todos, y se esfumó definitivamente durante el funesto cuadrienio 2000-2004, cuando la demagogia aznarista contaminó todas las instituciones del Estado y permitió traspasar impunemente todos los límites de la libertad de expresión. El máximo exponente fue la COPE de Jiménez Losantos y César Vidal.

El #somos72 refleja, pues, el momento más delicado del catalanismo desde la recuperación de la democracia, y quizás es por eso que la alcaldesa de Barcelona cree que hay “motivos de sobra” para asistir a un acto no institucional donde difícilmente será bien recibida y que no es nada inclusivo, puesto que sólo representa a una parte de la ciudadanía. Sin duda una parte muy numerosa, pero posiblemente tan numerosa como la que no se siente llamada. El sentido institucional, el de considerarse representante de todos y todas, o cuanto menos hacerlo ver, llevó a Artur Mas a celebrar las diadas de 2012 a 2015 sin necesidad de asistir a ninguna de las manifestaciones de la ANC, si bien recibió y confraternitzó con los organizadores, y eso mismo podría hacer Ada Colau si como ha dicho quiere ser una buena anfitriona de una movilización masiva que tendrá lugar en Barcelona. Como es una persona inteligente, poco dada al sectarismo –lo prueban los fichajes de Gemma Calvet y Pere Macias–, y una decisión así habrá sido largamente meditada, sólo se me ocurre que haya llegado a la conclusión de que con eso no habría bastante y que en estos momentos su gesto puede ayudar a curar heridas en el si del espacio catalanista, a distensionar el ambiente.

Personalmente me cuesta de ver. Tiendo a pensar que con este paso introduce confusión entre sus seguidores y que los de los 72 con suerte le concederán un día de gracia, porque el día siguiente no dirán que #yasomos73 sino que tildarán el gesto de maniobra electoralista con el taimado fin de ensanchar el espacio de los comunes y por tanto de debilitar el proceso.

Celebraré equivocarme.