El relato no ha variado en la quinta manifestación masiva de la Diada desde el 2012 cuando Artur Mas la utilizó para convocar elecciones anticipadas el 25 de noviembre. No se trata de contar a los asistentes en cientos de miles, más o menos. Las imágenes indican que en todas las convocatorias, con formatos imaginativos y bien distintos, había muchísimas personas de todas edades y condición. Orden, civismo, entusiasmo y un cierto aire familiar en todas ellas.

El relato no ha variado, pero sí que ha cambiado la forma de plantearlo. Del derecho a decidir se ha pasado a la exigencia de la independencia de España. Sin atajos ni ambigüedades, que diría Aznar. Se hablaba el domingo de que sería la última manifestación independentista con la misma seguridad que Oriol Junqueras afirmaba hace unos meses que los presupuestos que ahora están pendientes de aprobación serían los últimos presupuestos autonómicos. 

La república catalana ha entrado en el vocabulario independentista para remarcar seguramente que la ruptura que se pretende con España es radical. Hubo un tiempo a comienzos de la transición en el que personajes como Ernest Lluch reivindicaban la posibilidad de una monarquía austracista en la que cupieran todas las nacionalidades hispánicas. Ya no. Sólo cabe irse.

Es evidente que esta pantalla es antigua, casi preanalógica, y lo que importa ahora es avanzar rápidamente hacia la república catalana. El presidente de la ANC, Jordi Sànchez, dijo al cerrar los discursos de la manifestación que “ha llegado el momento de dar un giro a la historia… Queremos abrir la caja de la república catalana”.

Se han ido afincando conceptos nuevos y, sobre todo, palabras que han nacido en el quinquenio de las grandes manifestaciones. Se ha invocado a veces el discurso de Gramsci sobre la hegemonía cultural que permitiría, casi de forma natural, dar la vuelta a la tortilla, quedar fuera de España y supuestamente ser recibidos con los brazos abiertos por la comunidad internacional como consecuencia de unas votaciones democráticas con una legitimidad expresada en las urnas. Las palabras incuestionables que el independentismo ha incorporado a su hegemonía semántica son desconexión, unilateralidad, vámonos ya, la república catalana se gana en las urnas y se construye en las calles y otros eslóganes que dan por supuesta la independencia en un referéndum que el president Carles Puigdemont convocaría a lo largo del año próximo. El semanario británico The Economist dedica la portada de esta semana al “arte de la mentira” y a la “política de la posverdad en la era de las redes sociales”. Me quedo con una conclusión de su editorial: “La confianza popular en la opinión de los expertos y en las instituciones arraigadas se ha derrumbado en las democracias occidentales”. Se refiere, por ejemplo, a las afirmaciones de Donald Trump, nunca desmentidas, de que Barack Obama ha sido el fundador del Estado Islámico. Y muchos le han creído. Una indiferencia pasmosa a la realidad recorre el mundo que se construye sobre ficciones o sobre promesas inciertas.

Carles Puigdemont sabe lo que significa una ruptura unilateral con España ya sea en forma de referéndum o a través de unas elecciones constituyentes. Ha dicho que el referéndum tiene que ser vinculante y cumplir todos los estándares internacionales. El primer obstáculo lo va a encontrar en construir una mayoría en Catalunya que esté de acuerdo con este planteamiento. La CUP le ha pedido que se deje de maniobras y que vaya al grano pronto y sin miramientos. Depende de ellos para ganar una moción de confianza y también para aprobar los presupuestos.

El segundo obstáculo lo va a encontrar en Mariano Rajoy –o en su sucesor, quienquiera que fuere–, que el lunes tuvo la ceguera política de no mencionar ni siquiera la Diada al hablar más de media hora con todos sus diputados. Se refirió a las elecciones gallegas y vascas y se dedicó a atacar a Pedro Sánchez como autor de todos los males que sufre España. La ley y la Constitución que invocan sus ministros no resolverán la llamada cuestión catalana. Tiene que encauzarse con la política y con la visión de un estadista, que no es el caso.

El tercer interrogante está en las urnas que cada noche que se abren, en todo tipo de elecciones, envían un mensaje complejo y plural que refleja el sentir de la voluntad general de los catalanes. Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera no lo han sabido leer y vamos para unas terceras elecciones en un año. La cuestión catalana tiene mucho que ver con esta incapacidad de acuerdos en España. Miopía política.

El mapa político catalán ha variado sustancialmente desde aquellas elecciones del 2012. Han cambiado líderes, han desaparecido partidos, se han esfumado siglas y la sociedad catalana está tan desunida como siempre por los ejes nacional y social, la izquierda y la derecha. Casi todos catalanistas, pero divididos.