Durante años, fueron muchos los vascos que observaron la escena política catalana con una secreta envidia. Los decenios de plomo que vivió Euskadi bajo el terrorismo propiciaron tales miradas hacia un horizonte más razonable. Eran tiempos del oasis catalán, cuando en Catalunya –una comunidad nacional, como Euskadi– primaban el diálogo y el pacto. Cuando el Govern, de signo nacionalista, intercambiaba ocasionalmente apoyos con el Gobierno central y le garantizaba la estabilidad.

Euskadi celebrará elecciones autonómicas el próximo domingo en una coyuntura muy distinta. La sociedad vasca atraviesa ahora una etapa plácida. El último atentado mortal etarra se produjo hace ya seis años. El fin de la violencia se anunció en el 2010 y se oficializó en el 2011. ETA, que trató de imponer a sangre y fuego su ideario revolucionario e independentista, poniendo más de 800 muertos sobre la mesa, es hoy un agente político cuyo recuerdo pocos cultivan. Ocurre lo contrario: son inmensa mayoría los que preferirían olvidarlo. El apoyo a la causa independentista ha perdido en Euskadi diez puntos en diez años, y ahora ronda el 23%. La sociedad vasca abraza, complacida, la pacificación, y la disfruta por su valor intrínseco y también por lo que tiene de método para superar la tremenda resaca de la violencia. Es incluso evidente que aquellas formaciones abertzales que respaldan, por ejemplo, al colectivo de presos están realizando una campaña electoral de relativa mesura. La moderación ha reconquistado un terreno que pocos años atrás le parecía vedado.

Esta transformación vasca contrasta con la fiebre soberanista que vive Catalunya desde hace cinco años. No se trata de presentar ambas sociedades como si fueran idénticas. No lo son. No lo es su historia. No lo es el carácter de sus gentes. No lo son los distintos actores políticos que han condicionado sus destinos. Tampoco son iguales Catalunya y Euskadi en lo tocante a su relación fiscal con el Estado. Pero quizás sí sea oportuno subrayar que se ha invertido el sentido de aquellas miradas. Que ahora son muchos catalanes los que observan satisfechos, y con algo de envidia, el nuevo rumbo emprendido por el País Vasco. También la normalidad que respira su campaña electoral y, en particular, el temario que se ha puesto en primer plano. Nos referimos a un temario integrado por las cuestiones que realmente afectan al día a día de los ciudadanos: la marcha de la economía, la tasa de paro, los servicios públicos de educación y sanidad; la conveniencia de apoyar la ciencia y la investigación como llaves de un futuro mejor. También la búsqueda de un cierto consenso social, del bien común, del progreso colectivo. El debate secesionista no relega ahora en Euskadi al social. Ni siquiera es el dominante. La dialéctica derecha-izquierda sobre el modelo de sociedad recupera posiciones. Las esencias no se olvidan. Pero tampoco condicionan el presente, ni lo reducen a una disputa monotemática que parece congelar, de modo temerario e insostenible, la resolución de demasiados problemas urgentes.

El Partido Nacionalista Vasco (PNV) ha dejado atrás la etapa del lehendakari Ibarretxe, caracterizada por el giro soberanista y una política más rígida, de confrontación con el Estado español. Ahora, de la mano de I­ñigo Urkullu, abandera un discurso moderado. Y las encuestas le son claramente favorables. Las últimas anuncian 26 escaños para el PNV, nueve por encima de EH-Bildu y once más que Elkarrekin Podemos