Se escribe mucho, con las manos en la cabeza, cara de escándalo y voz forzada, sobre las dificultades del diálogo político. El caso del bloqueo entre partidos para gobernar España es un buen ejemplo de ello, pero todavía es más contundente la nula disposición al diálogo político con Catalunya. Sin embargo, bien pocas ­veces los análisis buscan las causas materiales de esta ruptura del flujo de conversación. En general se recurre a juicios de intenciones. Y, sobre todo, desde una posición partisana, se construyen relatos que, en lugar de buscar las razones de la ausencia de diálogo, lo que hacen es contribuir a sabotearlo. Es lo propio de cualquier ruptura entre parejas, donde el primer gesto es no hablarse, y el segundo justificarlo con versiones irreconciliables sobre los porqués. La realidad social compartida se construye y se mantiene a través de una permanente conversación que permite que las diversas realidades converjan en una sola. Y cuando se rompe el diálogo, las realidades divergen. La política funciona de la misma manera.

En una dirección completamente opuesta, cualquier intento de comprensión honesta de la realidad social llevaría, indefectiblemente, a niveles más profundos de complejidad. Cuanto más conoces un fenómeno, cuanto más a fondo vas, más descubres las zonas de opacidad y oscuridad. Max Weber, interrogado sobre el porqué de la voluntad de comprensión –que comporta una suspensión del juicio y la explicitación de los propios prejuicios–, dijo que quería saber hasta dónde podía llegar, en el sentido de resistir la complejidad. Como aprendí en mi primer curso de sociología, quien juzga ya no necesita comprender, y a quien hace el esfuerzo por comprender, el juicio se le hace muy difícil. 

Pero el debate político actual parece irreconciliable con la aceptación de la complejidad y con la voluntad de comprensión del otro, una actitud que sería considerada una debilidad. Cuando lo que se pretende es ganar una batalla política derrotando dialécticamente al adversario, entonces la estrategia es la simplificación. Los recursos más habituales son, en primer lugar, la generalización, que homogeneiza aquello que se quiere atacar. Se trata de considerar al partido como un todo, al independentismo como la misma cosa sin matizaciones, o a todo el unionismo como la expresión de un único fondo ideológico. Admitir la existencia de una pluralidad de perspectivas dentro de cada organización, movimiento o proceso, complicaría demasiado el juicio final. En segundo lugar, se da un paso más en la generalización caricaturizando al adversario. Se toma un caso aislado, un individuo estrafalario, una declaración extrema, y se los hace modelo del todo. En tercer lugar, para dar solidez al relato conviene atribuir al adversario un fondo irracional, con lo que se va a convertir en incurable, en intratable. El mecanismo retórico que proporciona magníficos resultados es suponer que en el fondo existe un flujo de emociones incontrolables de naturaleza patológica, con individuos sometidos a manipulación emocional, fruto de un desequi­librio mental individual y colectivo. Este punto es fundamental para demostrar la irreversibilidad de la ruptura y la inutilidad de escuchar las razones de un adversario que, precisamente, ha perdido la razón.

Finalmente, a todo eso hay que añadirle una dimensión moral. Es decir, hay que demonizar al adversario, no sea caso que su pérdida de juicio pudiera suscitar sentimientos de compasión. No: además de ser todos iguales, de ser como el peor de entre ellos y de estar dominados por emociones irracionales, tienen que ser mala gente. Este punto es determinante para que el juicio derive en condena y acabe justificando la exclusión del interlocutor en cualquier resolución final del conflicto.

Así, se exime al analista de considerar, como decía antes, las posibles causas materiales del conflicto, lo que podría justificar al ­adversario aunque fuera parcialmente. Se olvida, pongamos por caso, el estilo de gobierno de un PP con mayoría absoluta, gestionando una crisis gravísima en solitario y a hachazos, despreciando a la oposición. Y, claro está, el de un PSOE que –antes de que otro le robara la cartera– pensaba que sacaría rédito electoral haciendo demagogia de las durísimas medidas anticrisis aplicadas. En el caso del conflicto con Catalunya, se ignora que quien empezó a poner en entredicho la validez del modelo autonómico fueron Aznar y su FAES. Y se ignoran los graves intentos de humillación derivados del fracaso de la reforma autonómica liderada por Pasqual Maragall en tiempos de gobierno socialista en España. Por no mencionar las debilidades en la negociación estatutaria de la parte catalana, que dio señales –más adelante se ha visto que equívocas– de la facilidad con que se impondría la derrota.

Con demasiada facilidad los análisis se convierten en dicterios, en fetuas, en condenas antes de juicio. No hay entendimiento porque no se quiere comprender, una dis­posición mental que va en contra de una forma autoritaria de usar el poder. Y no querer comprender es la primera señal de una baja calidad democrática. He ahí el gran pro­blema.