Aunque a veces parezca que la política catalana se reduce al combate con el Gobierno central, también en su seno se libran batallas notables. Por ejemplo, la que va a protagonizar el bloque independentista para invadir el espacio político emergente de Ada Colau, articulado en torno al frágil grupo parlamentario de Catalunya Sí que es Pot, a la espera de que el partido aún en pañales que impulsa la alcaldesa esté listo para las próximas elecciones catalanas. En esta lid, como en las que nos narra el mundo clásico, sólo puede haber dos desenlaces, la asimilación o la aniquilación. Al menos, ése es el objetivo.

Para ello, el Govern liderado por Carles Puigdemont ha vuelto a la pantalla del referéndum. Después de que las elecciones del 27 de septiembre del 2015 se plantearan como un plebiscito que Junts pel Sí dio por ganado, el Ejecutivo catalán, con el apoyo intermitente de la CUP, se dispuso a aplicar un plan para lograr la independencia en 18 meses. Pero ahora, sin renunciar formal y expresamente a ese fin, se pretende volver al marco mental del referéndum, reclamación que, según los sondeos, respalda casi el 80% de la población catalana. Se vuelve atrás para coger fuerzas, es decir, para absorber las de los comunes de Colau y Xavier Domènech.

La indefinición de la alcaldesa y los suyos sobre la independencia constituye al mismo tiempo su fortaleza y su fragilidad. Atrincherados en la defensa del referéndum, Puigdemont le impelerá a sumarse al unilateral si el pactado resulta imposible. La más que probable continuidad de Mariano Rajoy en la Moncloa les deja escaso margen para insistir a corto plazo en el referéndum acordado como solución al conflicto catalán. Y, si no se suman a un intento de forzar la legalidad desde Catalunya para volver a poner las urnas, serán acusados por Junts pel Sí y la CUP de excusarse detrás de propuestas irrealizables.

En la batalla de Alesia, el héroe galo Vercingétorix reagrupa a sus huestes en la imponente fortaleza que dio nombre a la contienda para evitar el enfrentamiento con las tropas de Julio César, pero el romano ve entonces la oportunidad de acabar con los insurrectos. Los comunes se creían a resguardo en su posición, pero el peligro acecha. Un ataque frontal a la fortaleza, protegida por 80.000 hombres, habría sido una escabechina inútil y un asedio al uso resultaría un fiasco ante la imposibilidad de controlar las escapadas y filtraciones. Así que decide construir varias murallas para rodear la de Alesia, que le sirvieran para garantizar el sitio e incluso para proteger a sus soldados de incursiones de tropas galas de refuerzo en el exterior. César levanta una fortificación para rendir otra fortificación. Una envolvente en toda regla. Como la que deberán afrontar Colau, Domènech y su nuevo partido.

¿Acaso no se han dado cuenta del movimiento? Por supuesto. Pero por ahora los comunes acompañarán durante meses a Junts pel Sí en la demanda de un referéndum pactado. Veremos probablemente la resurrección del Pacte pel Dret a Decidir, en el que participaron partidos, sindicatos y entidades sociales. Las cosas empezarán a complicarse previsiblemente cuando se acerque el verano que viene, si nada ha cambiado en Madrid. Para entonces, Junts pel Sí y la CUP llevarán al Parlament la ley de transitoriedad jurídica que incluirá una proclamación de independencia y un referéndum unilateral.

El Govern espera que el clima social del momento sea de máxima tensión en la exigencia del referéndum, azuzado por las medidas judiciales contra Carme Forcadell, Artur Mas y otros dirigentes, y que ese ambiente haga más difícil a los comunes abandonar la nave. O al menos les resulte más costoso políticamente, ya que después están previstas elecciones. Ya le ocurrió al PSC. Y, sobre todo, a ICV, que se descolgó del bloque soberanista poco antes del 9-N. Por eso, los comunes estudian propuestas alternativas para no quedar en la intemperie argumental y buscar una salida. Entre las que se baraja figura una petición de reforma constitucional por parte del Parlament, además de forjar una alianza con las confluencias del País Vasco y Galicia –una especie de Declaración de Barcelona como la que en su día formaron los nacionalistas de las tres autonomías históricas–, aunque de momento sólo son ideas en discusión. Si César ganó la batalla de Alesia, en esta aún no se avista vencedor.