EL problema del GPS es que si no actualizamos el software nos puede llevar por un camino equivocado. Eso vale para los itinerarios automovilísticos y para las hojas de ruta políticas. Uno puede fijar un trayecto, pero cuando aparecen obstáculos hay que atender más a la intuición personal que al circuito preestablecido. “Seguir un solo camino es retroceder”, decía Igor Stravinsky, pero no siempre es fácil rectificar cuando se ha elegido un recorrido equivocado. A veces preferimos andar por una ruta incierta antes que reconocer que podíamos haber elegido mejor. Sin embargo, en política rectificar parece una flaqueza y no corregir puede acabar con nuestra biografía en la cuneta.

La hoja de ruta del Gobierno catalán no parece tener freno, como si esperaran llegar a la meta por la inercia acelerada del vehículo. La estrategia política no puede ser lo más parecido a un rally, donde una salida de pista está penalizada y un vuelco puede condicionar la competición. Con un problema: no se puede llevar un tercer piloto que no sólo no ayuda, sino que, a la que puede, pincha las ruedas. Este tercer invitado disfruta más viendo cómo sudan los dos de delante para poner el coche en el camino que intentando cuadrar tiempos. Los espectadores lo ven todo y no entienden nada de la carrera. 

La CUP ha convertido la hoja de ruta del Govern en una montaña rusa, con loopings que amenazan con hacer saltar por los aires a los pasajeros. Catalunya no es un parque temático, aunque a veces el día a día de los actores políticos sea más propio del Dragon Khan que de un país serio. En las últimas horas, los antisistema se han encargado de evidenciar los ocho errores del pacto con Junts pel Sí. En un país como el nuestro, tan políticamente correcto como perfectamente desconcertado, vemos como unos personajes piden entre incendios la dimisión del conseller Jané mientras el Govern lo defiende con la boca pequeña. No quieren que les pisen el callo y se dejan romper las piernas.