Lo he recordado otras veces. Era bajo, enteco y malcarado. Poco dotado físicamente, estaba provisto de un valor sin fisuras, de una ambición sin límites y de un talento original y profundo, que le hizo suplir su falta de condiciones físicas con un cambio total en la concepción del toreo, con una innovación radical de su técnica y con una sustitución completa de su canon artístico. Era de Sevilla y se llamaba Juan Belmonte. Su revolución –como toda revolución que se precie– se concretó en una tríada –parar, templar y mandar– que hizo trizas la vieja máxima de Lagartijo, “o te quitas tú o te quita el toro”, para sustituirla por otra: “Si sabes torear, ni te quitas tú ni te quita el toro”. Se trata de dominar la situación con inteligencia, para extraer de ella lo mejor que encierra, con resolución en el empeño y elegancia en la ejecución.

¿Son aplicables estas reglas a la política? Tiempo ha pensé que sí, dado que son la concreción de un proceder con valor universal, que pone el acento en la calma para entender, la moderación para resolver y la decisión para ejecutar. Pero, pasados los años y en una situación de crisis socio­política profunda como la que se vive hoy en Catalunya, creo que sigue siendo válida la exigencia de calma recíproca para ­entender, así como la moderación y tino para resolver. Pero ya no se trata de mandar, lo que exige la aceptación previa por todas las partes implicadas de unas mismas reglas de juego –cosa que no se da hoy en España–, sino de pactar una salida tran­saccional del conflicto, que permita a ambas partes salvar la situación sin perder la cara. Se han roto ya demasiadas cosas.

Quizá extrañe que hable de crisis sociopolítica. Pero es así: la crisis va más allá de lo político. Parte de la sociedad catalana quiere la independencia, mientras que otra parte equiparable la rechaza. Cuando en un asunto tan capital la discrepancia social es manifiesta y grave, todo intento por una de las partes de imponer su criterio a la otra será vano y terminará con una confrontación abierta. Tanto si el que lo intenta lo hace por la fuerza superior de que dispone, como si lo ensaya apelando a los grandes principios y a las medias verdades. Lo que exige que, ante esta crisis social, deba extremarse por todos la contención y el cálculo.

Hay que pararse a pensar, cosa siempre difícil, pero que en este caso es urgente. Hay que comenzar ponderando los objetivos que se persiguen a la luz de los medios de los que se dispone, así como de los sacrificios –inevitables y duros– que se está dispuesto a aceptar en aras de la consecución de aquellos. En el convencimiento, además, de que, en esta vida, nada sale gratis y que no hay peor espejismo que la minusvaloración del adversario. No hay que dejarse engañar nunca por la pátina ajada con que vemos al otro, a causa de nuestro constante desprecio por el mismo. Hay que pararse y valorar las consecuencias de los propios actos, cuanto a más largo plazo mejor.

Hay que templar la acción, el ademán y, sobre todo, la palabra. No es tiempo ni de tenores ni de jabalíes. Ni de bizarría jaquetona, ni de silencios distantes y, en el fondo, despectivos. ¿A qué viene tanta gesticulación destinada a mortificar al contrario, desdeñar sin más sus iniciativas y, tal vez, provocar su reacción? ¿O es esto lo que se busca y se quiere? Nadie pide manifestaciones de afecto. Ni tan siquiera es exigible la cortesía formal que se tiene con el ocasional compañero de viaje. Bastaría la fría distancia con la que se mide al adversario, cuidando de no provocarle mientras la negociación está en curso. Sólo eso.

Y, con calma y temple, buscar un arreglo, un apaño. Buscarlo con espíritu de con­cordia, voluntad de pacto y predisposición transaccional. La transacción, este contrato tan antipático y fecundo, tras cuya firma todos quedan insatisfechos, pero que deviene positivo a medida que pasa el tiempo. Una transacción que, en este caso, no sería gratis para nadie.

España debería reco­nocer la realidad nacional de Catalunya, atribuirle con carácter exclusivo las competencias identitarias (lengua, enseñanza y cultura), fijar un tope a la aportación al fondo de solidaridad (señalando un porcentaje o implantando el principio de ­ordinalidad) y establecer una agencia tributaria compartida, así como reformar el Senado para convertirlo en una cámara territorial decisoria (por ejemplo, para elegir los miembros del Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder Judicial, etcétera). Y Catalunya debería renunciar a la independencia y sus corolarios (como la política internacional) y a una relación bilateral (confederal) con España, puesto que la estructura del Estado sería federal, como lógico desarrollo del Estado Autonómico. Catalu­nya tendría así, con el Estado, una relación funcional simétrica a la de las otras
comunidades autónomas y una relación material asimétrica (en competencias). Por último, esta propuesta debería ser sometida a refrendo de los ciudadanos catalanes.

Unas preguntas a cuantos consideren que todo esto es un dislate. ¿Cuál es la alternativa? ¿Referéndum unilateral sí o sí? ¿El enfrentamiento?