Del pacto fiscal al derecho a decidir. Del derecho a decidir a la consulta. De la consulta a las elecciones plebiscitarias. De las plebiscitarias al referéndum unilateral y, por Navidad, vuelta al derecho a decidir bajo la denominación de referéndum pactado. Todo, claro está, según los ojos del partido con el que se mire.

La capacidad de mutación del proceso soberanista está más que demostrada y avanza siempre acompañada de una calculada escenografía que alimenta un álbum de fotos históricas. Y con cada paso, grandes dosis de obligada indefinición y preguntas sin respuesta. Artur Mas lo llamaba astucia, audacia, y Carles Puigdemont, “un salto adelante”.

El martes, el Parlament tramitó los presupuestos del Govern gracias a los votos de la CUP, que se aferra, como único triunfo, al compromiso del president de convocar un referéndum unilateral de independencia en septiembre del 2017. El miércoles, Puigdemont defendió en la sesión de control parlamentario que lo que une a Catalunya es el referéndum –no la independencia–. Y el viernes, la ansiada foto con la alcaldesa Ada Colau obliga a fijar un marco de trabajo a favor de una consulta acordada con el Gobierno español que, aunque previsto en la hoja de ruta soberanista para alimentar la imagen de disposición al diálogo, había sido relegado por imposible.

 El independentismo no puede permitirse el lujo de avanzar sin pluralidad ni transversalidad ideológica, y el espacio que representa Colau es una de las claves para sumar si lo que se acaba contando son los votos.

Hay que reconocer que la alcaldesa de Barcelona es capaz de monopolizar la primera reunión del Pacte Nacional pel Referèndum sin sucumbir a una sola atadura aparente. Se arroga sin pudor la representación de una “mayoría de país” para la que, sostiene, “el elemento central no es la independencia, es la democracia”, lo que le permite mantener la indefinición de su proyecto político en torno al sentido del voto en un referéndum.

Aunque el aroma de la victoria colauista puede ser efímero. La posición del Gobierno español ante un referéndum es la crónica de un no anunciado, y la batalla catalana se juega en una doble urna: la del proceso soberanista con fecha de caducidad, y la de unas elecciones al Parlament en las que se dará la vuelta al mapa político catalán tradicional. ¿A qué apostará Colau?

Lo que ya ha cambiado es el terreno de juego en el exterior. Las asambleas legislativas europeas pueden titubear si se trata de cuestionar la organización institucional de un Estado, pero sus parlamentarios ahora se permiten el lujo de enarbolar la bandera de la defensa de la libertad de expresión de representantes políticos elegidos democráticamente sin miedo al conflicto diplomático. Son los daños colaterales de judicializar un conflicto político. Y eso no hay Margallo ni Dastis que lo pare.