• El secretismo en torno a la ley de desconexión hurta a los catalanes el debate democrático sobre los pros y contras del camino hacia la independencia

La mayoría independentista del Parlament ya ha alcanzado un acuerdo sobre la futura ley de transitoriedad jurídica, una suerte de manual de instrucciones de la independencia concebido, según sus autores, para asegurar una ruptura plácida con España y el natural advenimiento de la República catalana. Este es el plan: guardar el borrador «bajo llave» -«ya sabemos cómo se las gasta el Gobierno español», explicó el convergente Jordi Turull-, cuando convenga aprobarlo a toda prisa en el Parlament y convocar sin demora el referéndum unilateral de independencia, de modo que el Tribunal Constitucional no tenga tiempo de reaccionar ante tan astuta maniobra. Ya lo dijo Artur Mas antes del 9-N: «Hay que engañar al Estado».

Ducha escocesa sobre el llamado derecho a decidir: un día el soberanismo da prioridad al referéndum pactado para granjearse el temporal apoyo de Ada Colau, que lo reclama vinculante y acordado, pero apenas una semana más tarde Junts pel Sí abona la salida unilateral para complacer a la CUP. E incluso ofrece a los ‘comuns’ negociar este vademécum secesionista al objeto de reforzar su legitimidad, aunque de espaldas al resto de grupos y de la opinión pública.

El trasfondo político de este ardid no es otro que el de proveer al ‘procés’ de un plan b para que, una vez abortado jurídicamente el referéndum unilateral, las ulteriores elecciones autonómicas –que serán bautizadas como ‘constituyentes’– sirvan como plebiscito de la hoja de ruta bloqueada por el Estado.

¿PULCRITUD DEMOCRÁTICA?

El secretismo que envuelve los planes independentistas, justificado como táctica de distracción, no contribuye a que el hipotético tránsito hacia la República catalana goce de la pulcritud democrática tantas veces pregonada. Privar a los catalanes de una discusión transparente, serena y plural sobre el proceso de ruptura, en sede parlamentaria y en los medios de comunicación, implica dejarlos a oscuras sobre los pros y contras de la desconexión con España. Quizá ello no inquiete a los convencidos, pero sí a indecisos y refractarios. Si es que eso aún importa.