• La causa contra Mas solo habrá servido para incrementar la desafección entre Catalunya y Madrid

Falta la sentencia pero ya hemos asistido al juicio por desobediencia y prevaricación contra Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau. Y las conclusiones son claras. El Estado se equivocó al judicializar de entrada un conflicto político en el que debía haber actuado con más tiento antes de sulfurarse y recurrir a la fiscalía. Ahora, si hay condena, muchos catalanes pensarán que ha sido una sentencia política. Y si hay absolución, que se ha utilizado a la fiscalía para un proceso injusto. El prestigio del Estado en Catalunya no habrá incrementado. ¿Y qué fruto se habrá sacado de un proceso que ha encanallado la política durante más de dos años? ¿Acaso habrá disminuido la desafección de la que alertó el ‘president’ Montilla ya antes de la sentencia del Estatut?

Y si el objetivo era expulsar a Mas de la vida política, es posible que la condena -si la hay- acabe favoreciéndole. Como todo pecado lleva su penitencia, la imprudencia temeraria de Mas al apostar por el frentismo independentista acabó con su renuncia, forzada por la negativa reiterada de la CUP a investirle ‘president’. Ahora la falta de contención del Estado le ha hecho recuperar -como mínimo- las portadas de los periódicos y telediarios y puede ayudarle a una campaña para recuperar la presidencia de la Generalitat, ya que si hay elecciones a corto -lo más probable- es muy posible que la sentencia no sea firme, que esté pendiente del recurso ante el Supremo y que Mas pueda ser candidato. En este caso, Mariano Rajoy y Anna Gabriel -revueltos pero separados- le habrían premiado con una doble medalla: condenado por una «democracia española enferma» (Puigdemont dixit), y mártir del sectarismo asambleario de la CUP.

LA RESPONSABILIDAD DEL 9-N

Pero el independentismo tampoco se ha fortalecido. Lanzar un mensaje de indignación movilizando a la ANC, o sugiriendo que los funcionarios pidieran un día de asuntos propios, y amagar incluso con la desobediencia institucional con el paseíllo -con el ‘president’ y el Govern de la Generalitat al frente- desde Palau hasta el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya pasando por el Fossar de les Moreres, para hacer luego ante el tribunal una defensa técnica y asegurar que no hubo intención de desobedecer al Constitucional es legítimo, pero no muy coherente. Si Catalunya va a ser independiente dentro de poco, no se entiendo que abanderados del ‘procés’ opten por atribuir la responsabilidad a los 40.000 voluntarios y afirmar que ellos -desde la prohibición del Constitucional- estuvieron al margen.

La única razón es que Mas no cree demasiado en lo de la independencia exprés y quiere mantener sus derechos como ciudadano español. Y nadie tiene el monopolio de los sentimientos. El propio Mas lo vino a admitir el domingo en TV-3 al afirmar que, hasta el momento, con la política de Rajoy, «España ya ha perdido media Catalunya». Quizá sea así, pero la otra media Catalunya también existe y no es de segunda división.

Nadie ganó nada la pasada semana, pero los dos trenes se dirigen, a velocidad creciente, hacia un aparatoso choque.