Fue Artur Mas quien volvió a plantear el jueves la idea de la tercera vía para solucionar el contencioso catalán. Lo hizo en campo contrario, en un máster de la Universidad Autonoma de Madrid, y a los pocos días de haberse sentado en el banquillo por su papel en la consulta del 9-N. Mas vino a decir algo fácil de entender: entre la independencia y el actual estatu quo, con una autonomía en regresión, hay un término medio, y corresponde al Gobierno central hacer propuestas en ese territorio desconocido.

No se sabe si en la Moncloa sabían que el ‘expresident’ iba a lanzar ese sugestivo mensaje, pero el caso es que al día siguente, viernes, el ministro portavoz, Méndez de Vigo, mostró la buena disposición del Ejecutivo a sondear esa vía. Y el domingo, el delegado del Gobierno en Catalunya, Enric Millo, habló de contactos entre los ejecutivos español y catalán, aunque no siempre públicos. De esa forma confirmaba la información de ‘El País’, según la cual Rajoy prepara una oferta que presentará al ‘president’ Puigdemont en una próxima reunión entre ambos.

¿Algo se mueve por fin? Es pronto para saberlo. De momento, la Generalitat niega los contactos de los que habló Millo y algunos representantes del soberanismo reiteran que lo único que hay que dialogar es sobre la realización de un referéndum. O sea, que el hámster seguiría dando vueltas en la rueda sin fin.

Pero hay, sin embargo, algunos datos que conviene tener en cuenta. El primero es la propia intervención madrileña de Mas, en un momento en el que el ‘expresident’, escaldado con la CUP, sopesa volver a competir por la presidencia de la Generalitat. El segundo es que el Gobierno desempolve la carpeta de las reivindicaciones catalanas (todas, menos una: el referéndum) para intentar que la llamada ‘operación diálogo’ no quede solo en el plano gestual. El tercero, que Rajoy haya decidido sacudirse la modorra e intente virar el rumbo en un cara a cara con Puigdemont.

UNA FISURA

Si el Gobierno hace una oferta mínimamente atractiva para el soberanismo (algo que hay que poner en duda) abriría una fisura entre los posibilistas y temerosos de verse abocados a la desobediencia y quienes no están dispuestos a contemplar jamás otra cosa que no sea votar para marchar.