• La ANC relanza su vieja idea de un doble poder ajeno al Parlament; por vez primera prevé violencias, sin optar a contrarrestarlas

La Assemblea Nacional Catalana (ANC) lanzó hace tres años una hoja de ruta. Debía culminar en la declaración de independencia, el día de Sant Jordi de 2015.

La otra pata del programa debía ser la ocupación y “control de las grandes infraestructuras y fronteras” por parte de agentes indeterminados, que en la versión definitiva del papelito se convertían en “las autoridades”.

Tres años y tres calçotades después, de lo dicho no hubo nada. Eso sí, la ANC logró colocar de presidenta del Parlament a quien la dirigía; cooptó como presidente al relegado por las bases al cuarto lugar; fue castigada por Hacienda por fraude fiscal; y fue condenada por la Justicia por espiar masivamente los datos de catalanes anónimos… Prodigios de transparencia y democratismo.

Ahora ahorma su misma hoja de ruta, sin sudar con el esfuerzo ni extraer lección alguna de su enésimo fracaso cronológico.

Ahorma. Repite, aunque variando un ápice los escenarios posibles, su fantasmagórica propuesta del sóviet de bolsillo en la hipótesis de “la inhabilitación o la intervención” de las instituciones catalanas. Pero empeora el argumento, al señalar que la proclamación de la independencia —ya no hay fecha, qué pena— se hará por el Parlament o por el organismode salón para “obedecer el mandato democrático otorgado por los ciudadanos” el 27-S de 2015.

¡El mandato democrático! Pero si hasta el gran Antonio Baños, entonces parlamentario estrella de la CUP, aseguró aquella aciaga noche que no había tal, porque el independentismo había perdido el plebiscito (aunque ganado en escaños), al no alcanzar siquiera el 48% de los votos populares.

Lo único nuevo de trinca en la Proposta de ponència de full de ruta (11/3/2017) de la ANC es lo más inquietante. En su página 10 postula que el período de la post-proclamación de la República catalana “sea lo menos conflictivo y lo más pacífico posible”. Y reitera que el subsiguiente período de consolidación del nuevo Estado catalán” debería ser también “lo menos conflictivo y lo más pacífico posible”.

Hete aquí que la rebelión de las sonrisas y las ilusiones familiares y excursionistas puede abocarse a unas fases que no sean completamente plácidas, sino solo relativamente pacíficas.

Es decir, el organismo activista oficial por excelencia ha incorporado a sus cálculos estratégicos la posibilidad de que en algún momento se produzcan incidentes violentos, y no prevé nada para contrarrestarlos. Seguro que ya desde ahora está dictaminado que el culpable de esa posible violencia será Madri-T.

Paradójicamente, tiene alguna razón de peso en contemplar la posibilidad de que el secesionismo exprés alumbre o se tope con incidentes ásperos. Ya Artur Mas ha profetizado que habrá un momento de “tensión máxima”.

Pues bien, los ciudadanos quedamos advertidos de que lo saben y lo contemplan fríamente. Sabemos que en escenarios tensionados un manifestante se pasa de la raya o a un policía se le va la mano. Si sucediese, Dios no lo quiera, quien lo previó no podrá escapar a su responsabilidad.

La Cataluña inteligente siempre desdeñó las alternativas no pacíficas, por civilidad. Y por buen cálculo, porque todas las rebeliones/golpes/revueltas contra la propia legalidad (y el desacato al Estatut es un atentado a la legalidad catalana) le han salido rana, produciendo enormes perjuicios al país, en vidas y en derechos.

En 1640, la Generalitat oligárquica del canónigo Pau Claris rompió el pacto con la monarquía austracista y entregó el Principado a Luis XIII de Francia. Cataluña volvió en 12 años al regazo hispánico, pero pagó la estúpida aventura con la factura de la amputación territorial (el Capcir, el Conflent, la Cerdanya) en el Tratado de los Pirineos de 1659.

Años después los catalanes rompieron unilateralmente con Felipe V, que al llegar a la península había aceptado rubricar sus Constituciones: la infausta guerra de sucesión acabó con ellas en 1714. En 1934 Lluís Companys se rebeló contra la República y el Estatut que había contribuido a traer. Acabó encarcelado y con la institución desarbolada.

Desconfíen de los héroes que, con tanto rebelarse, solo logran destruir nuestras libertades.