Implacablemente, los plazos se cumplen. El tiempo se acaba. Han transcurrido ya los dieciocho meses previstos en la hoja de ruta del Govern para proclamar, unilateralmente, la independencia. Por supuesto, nadie -excepto la CUP- ha levantado la voz. Tampoco nadie ha formulado preguntas incómodas. Este es el estado de ánimo: del entusiasmo de una apretada mayoría parlamentaria independentista a la incertidumbre y desconfianza crecientes.

Esta semana hemos conocido la última encuesta del Centro de Estudios de Opinión (CEO) –institución que depende del Govern de la Generalitat. Hemos sabido que el secesionismo ha retrocedido cuatro puntos y el número de diputados de Junts pel Sí sumados a los de CUP, probablemente, estará por debajo de la mayoría absoluta de escaños. Así sería, si las elecciones se convocaran en las próximas semanas. A mi juicio, esta tendencia se acentuará a medida que transcurran los días.

He comentado, reiteradamente, cómo la lógica de las elecciones acabará imponiéndose como sustitutiva del referéndum, quizás convocado, pero no celebrado. El callejón sin salida de la apuesta separatista tiene un horizonte insalvable: la más que probable convocatoria de elecciones. Sostengo que miles de electores en Catalunya buscan ahora mismo una referencia política de moderación y equilibrio para poder votarla. Los datos de la encuesta arriba mencionada reafirman solidamente esta percepción.

Es verdad que el contexto en el que se celebrarán los próximos comicios será de notable tensión. Desconocemos el alcance y la intensidad de las movilizaciones que el ‘president’ Puigdemont y su Gobierno esperan que se produzcan. Es cierto, no obstante, que ante las inhabilitaciones al ‘president’ Mas, la vicepresidenta Ortega y la Consellera Rigau, la respuesta popular no se ha materializado en absoluto. ¿Descarto futuras manifestaciones con una elevada participación de la ciudadania? Aún no. Pero, posiblemente, éstas no se producirán; a no ser que el Gobierno de España cometa algún error grave e irremediable.

Aún así, el debate se realizará con un contenido, explícitamente, plebiscitario. Volveremos a un manoseado planteamiento de independencia – antindependencia. Prácticamente, todos los actores políticos desean este escenario. No hace falta que diga, que no comparto esta perversa aspiración de unos y otros. Me niego a aceptar la siniestra tesis de que cuanto peor, mejor. No es eso lo que conviene a los ciudadanos de Cataluña. Creo, sin embargo, que hay un camino que sí responde a las inquietudes de un electorado muy amplio, que aún se expresa, timidamente, pero que puede jugar un papel decisivo en los próximos meses.

¿A qué parámetros responden estos votantes? Tienen claro que conviene situar a Cataluña en el ‘post-procés’, de una vez por todas. Asumen que hay que gobernar, y que debe hacerse desde la perspectiva de políticas liberales, humanistas, de cambio y modernización. Y al tiempo, aspiran a dar una respuesta a la preocupante izquierdización que padece el país. Cataluña Sí Que Es Pot y la CUP, como actores principales de la izquierda, con perfiles distintos y programas diferenciados, se complementan en muy buena medida.

La contestación generalizada, la desobediencia injustificada y el desorden que padecen los ciudadanos requieren de una respuesta firme y determinada de todos aquellos que saben que el catalanismo político del siglo XXI representa la mejor y más eficiente tradición de gobierno del país. Y han decidido que la aventura de la independencia, a cualquier precio, en capitulos sucesivos, ha de terminar. Este voto debe rezorzarse con el de aquellos catalanes soberanistas que, bienintencionadamente, han apostado –con mayor o menor entusiasmo- por la separación de España, pero que ahora reconocen que este camino tiene un fatal recorrido y un pésimo desenlace. Más aún, intuyen que la bandera del independentismo, de espaldas a la actual correlación de fuerzas, es la insiginia de la inevitalbe y próxima fustración política de cientos de miles de catalanes.

Habrá que ir a las elecciones con la serena convicción de que se puede pasar página y se debe leer y protagonizar otra nueva. Y para hacerlo, en este complejo y tensionado tiempo político, sólo la moderación del catalanismo y la voluntad para decir bien alto: “así no, así no» puede propiciar un nuevo período. No me parece posible que otra apuesta sirva para encauzar constructivamente las energias del país, en un momento clave y delicado de nuestro proyecto europeo.

No hay motivo alguno para ceder a la desesperanza. Créanme, ninguno. Sólo la apuesta política desacomplejada e ilusionada por el impulso de lo más preciado de la tradición catalanista servirá para iniciar una brillante etapa del devenir de Cataluña.