La verdad de los hechos del pleito catalán tarda en llegar. La sentencia de la historia parece que avance a cámara lenta. A pesar de la aceleración del tiempo, característica de nuestra época, y a pesar del famoso “tenemos prisa” que los sectores más fervientes del independentismo han abanderado, la verdad de los hechos tarda en cristalizar. Llevamos años esperando a Godot. Pequeñas cosas sí pasan. Poco más. Esto parece un guión de suspense. Hace meses que atravesamos el Rubicón y que existen indicios del choque de trenes. Hace meses que el Parlament realiza proclamas, que la Generalitat prepara planes secretos escamoteados a un considerable sector del Parlament. Hace meses que los líderes catalanes invocan la voz del pueblo, a pesar de dejar in albis a una parte considerable del pueblo. Hace meses que el Tribunal Constitucional (TC) sentencia, que los fiscales acusan, que las cloacas del Estado huelen a podrido y que el Gobierno de Rajoy saca a pasear la Constitución como si no existiera el término nacionalidad.

Como en una película de miedo, los ventanales se abren y cierran con estrépito. Hoy correspondencia cruzada, ayer declaraciones pomposas, mañana reconvenciones. Pero nada importante acaba de llegar. Ayer se hablaba de choque de trenes. Hoy de golpe de Estado. Ayer de aviones militares que sobrevolaban el territorio. Hoy de una ley de desconexión unilateral. Anuncios rimbombantes los hay por decenas. Ninguno cuaja.

Muchos catalanes creen que los precarios pero esperanzados pactos constitucionales del 1978 se empezaron a aguar después del 23-F. Pero el hecho es que el TC tumbó la Loapa, iniciada a partir del informe de García de Enterría, un jurista que ahora sería recibido en este alto tribunal a bombo y platillo. Ciertamente, ya en época de Felipe González fue creciendo en España la idea de que la única democracia posible es la francesa (al parecer Suiza o Canadá no son democracias). De ahí arranca la ideología de Ciudadanos. El jacobinismo es ensalzado como único camino democrático, identificado con el gran mito español contemporáneo: la igualdad (una igualdad mil veces vulnerada por la red radial o los intereses del bloque económico y altofuncionarial del Gran Madrid). Civismo y democracia sólo podían ser a la francesa. Cualquier otra forma era tachada de premoderna, neocarlista. Este juego permitía que el sentimiento españolista heredado del franquismo se fundiera con la democracia, mientras que el sentimiento catalanista era descrito como una rémora antiliberal. Pero lo más perverso de este juego es que tanto González como Aznar (y Zapatero después) pactaron con el nacionalismo catalán tantas veces como fue necesario con lo cual, el catalanismo quedaba asociado a un vicio nefando, que ya había sacado de quicio a Quevedo: el ladrón de tres brazos. ¡Fenicios!

Esta visión de las cosas adquirió carta de naturaleza moral en tiempos de Aznar (aprovechando la impecable lucha contra ETA, la demonización del nacionalismo culminó). E hizo emerger, como los vasos comunicantes, la ERC de Carod. Desde entonces, todo responde a esta lógica: una visión excluyente de las diferencias y completamente abstracta (el republicanismo cívico) genera una reacción no menos excluyente (de la diferencia interna catalana) y abstracta: la independencia como solución taumatúrgica. Ninguna de las dos puede ceder. Significaría rendirse. Así llegamos a la aventura del Estatut y a la sentencia del TC; y así llegamos ahora a las puertas de la confrontación.

Ahora, desde los medios de Madrid, más de un articulista nos interpela: ¿por qué no se sublevan los catalanes que no son partidarios de la independencia? ¿Por qué no reaccionan con claridad los catalanes sensatos? ¿Están enfermos? ¿Están abducidos por la famosa espiral del silencio? ¿Tienen miedo? Respuesta: dejando de lado que no son pocos los catalanes que votan Ciudadanos y que se oponen tranquilamente al Procés, existe una amplia franja central que, a pesar de desconfiar del independentismo, a pesar de no compartir ruptura de la legalidad, a pesar de observar con una mezcla de cautela e inquietud lo que está sucediendo, no tienen dónde agarrarse. Eran estos catalanes del medio (y no los independentistas) los que esperaban que el Gobierno español asumiera políticamente el pleito que la sentencia del Tribunal Constitucional inauguró. Pero Rajoy les ha menospreciado una y mil veces. El propio Constitucional sostiene que el pleito requiere una solución política. Pero Rajoy niega incluso que el problema exista.

Si la dimensión desconocida de la ruptura inquieta, también este quietismo preocupa. Quizás no sean independentistas, pero muchos catalanes no quieren renunciar a dos realidades: el eje económico propio y la identidad cultural. Saben que, si no existiera un dique en sentido opuesto, la visión dominante en España debilitaría la capitalidad económica catalana y la identidad cultural. Hasta provincianizarlas.

Ahora que estamos ante las puertas del infierno de la confrontación, ¿por qué no se oponen frontalmente los catalanes moderados a los planes independentistas? Porque no aceptan el dilema: o sumisión o ruptura. Temen a la ruptura no más que a la sumisión.