• La declaración de Puigdemont es uno de los momentos de ejecutoria política e institucional más deplorables de la Cataluña contemporánea

Quién sabe hasta dónde puede llegar el desconcierto de aquellos sectores sociales de Cataluña que esperaban ver concretado para pasado mañana su ideal independentista y que al final constatan como todo el procesismo se escenifica con insignificancia en el Pati dels Tarongers al convocarse de forma amateur y atropellada un referéndum que sería ilegal y que la inmensa mayoría ya sabe que no tendrá lugar. Ahí estaba la alianza contra natura de Junts pel Sí y la CUP. Estaba Junts pel Sí dividido al máximo, con un Oriol Junqueras que se ve ya como presidente de la Generalitat y un PDeCAT destrozado, con un puñado de jóvenes soberanistas que pretenden regenerar la vieja Convergència y la vieja Convergència viendo pasar el cortejo de Germà Gordó, que tanto desprestigia a Artur Mas. Eso es lo que había y nada más. Ni tan siquiera alcanza a la mitad de la ciudadanía de Cataluña, mientras Fèlix Millet entra y sale de los juzgados, la segunda generación Pujol compara a su progenitor con el Dalai Lama y lo que todos esperan es la convocatoria de elecciones anticipadas cuyos resultados pueden ser todavía más desconcertantes. Aumentan la inestabilidad y la desconfianza.

Quizás no podía ser de otra manera cuando se ha tergiversado tanto la historia política de Cataluña y cuando, con pocas excepciones, el casting del independentismo ha agrupado a personajes muy secundarios, de probada incompetencia y dispuestos a un aventurismo que va a conseguir el descrédito de Cataluña consigo misma, con el resto de España y con la comunidad internacional. Si el acto del Pati dels Tarongers pretendía ser un tráiler del choque de trenes más bien quedó claro que hay trenes y trenes. Correlativamente, el dictamen de la Comisión de Venecia tiene un efecto de guardavías. El choque de trenes es un símil inexacto y desafortunado, extrañamente asumido incluso por quienes defienden el vínculo constitucional. 

Cuantos modelos míticos, de las repúblicas bálticas a la Padania, Escocia, Quebec e incluso Kosovo. El caso escocés es abrumador. En primer lugar, hubo el “no” en el referéndum pactado con el gobierno británico y en segundo lugar los resultados pésimos del nacionalismo escocés en las elecciones generales, con un retroceso que la mayoría de analistas atribuyen a la reivindicación de un segundo referéndum que ha llevado al hartazgo incluso a quienes votaron sí. Es significativo que el partido conservador, con unos resultados decepcionantes, haya avanzado en Escocia por primera vez en décadas, prácticamente a partir de cero. En Quebec, el independentismo residual ha interpretado el Brexit como un incentivo pero lo cierto es que en las encuestas más de un 80% de los ciudadanos opinan que es mejor seguir siendo parte del Canadá. Concretamente, más del 70% de encuestados francófonos así lo prefiere. En general, la gran mayoría considera que la cuestión soberanista ya ha sido superada. Parece quedar zanjada la secuencia de referéndums. En España, el desenlace del plan Ibarretxe para el País Vasco ya queda como algo remoto y el PNV ha dado un golpe de timón. Notable paradoja: en el pasado, los convergentes posibilistas preferían no hermanarse francamente con el PNV y ahora es Urkullu quien dice que el secesionismo catalán en un error. El eclipse del catalanismo adulto va a salir caro.

Políticamente endeble y jurídicamente intrascendente, la declaración de Carles Puigdemont ponía un penúltimo toque personal a lo que es uno de los momentos de ejecutoria política e institucional más deplorables de la Cataluña contemporánea. Con más pasividad e inquietud que entusiasmo, los ciudadanos de Cataluña se preguntan ahora cual será la reacción del Estado cuando la convocatoria del referéndum pase de ser un desahogo oral a una tramitación explícita. Puigdemont guarda en el cajón la Ley de Transitoriedad Jurídica. Se agranda la distancia entre el ilusionismo populista y las realidades del pluralismo. Decía Michael Novak, recientemente fallecido, que comunidad y persona se codefinen porque una verdadera comunidad respeta a las personas libres y una comunidad falsa o inadecuada no lo hace, del mismo modo que una falsa comunidad reprime las capacidades individuales de reflexión y elección. Es el modo de articular deberes y derechos del individuo. Es un equilibro a menudo vacilante, según se oriente hacia la luz o hacia la penumbra. Esa es la grave impostura de la proclama de Puigdemont.