Desde hace años vengo observando que en Catalunya no nos caracterizamos por decir en público lo mismo que en privado. Una dinámica que quizá también se dé en otras partes, pero que en nuestro país alcanza niveles extraordinarios a medida que el procès se acelera.

En concreto, uno se encuentra con que destacados políticos muestran en privado su convencimiento de que no se celebrará el referéndum e, incluso, su preocupación por cómo el procès se radicaliza para, al cabo de poco, escuchar manifestaciones públicas de las mismas personas en las que garantizan que el referéndum se celebrará y que la independencia, y con ella el fin de un mal sueño de siglos, está al caer. Una suerte de transformismo que no acabo de entender.

Por otra parte, no son pocas las personalidades empresariales, académicas o mediáticas que, hace unos años, emergieron súbitamente  llevados por su una enorme indignación ante lo que consideraban un inaceptable desprecio político y económico por parte de España, y que, en privado, ahora se alejan de esa dinámica que estimularon, como si nunca hubiera ido con ellos. Optan por el silencio o, caso de hablar, se lavan las manos acusando de la actual deriva a la incapacidad de los líderes políticos del procès.

Todo ello no pasaría de ser una muestra más de esa parte mezquina que, en mayor o menor medida, compartimos todos los humanos, de no ser por la trascendencia de lo que nos ocupa. Un nivel continuado de enfrentamiento tan radical, sin el menor apoyo internacional, afecta muy negativamente a la percepción de nuestro país y, no nos engañemos, tendrá consecuencias para  nuestra  vida económica, social e institucional.  

Así, siendo  legítimo y respetable el sentimiento independentista, especialmente si se está dispuesto a asumir las penalidades que, inevitablemente, acompañarían a una secesión, no lo es la frivolidad de unas élites que, llevadas por la comodidad de apuntarse al discurso dominante, estimulan en gran medida un estado de indignación colectiva del que se desentienden cuando amenaza tormenta.

Lo que estamos viviendo es negativo para todo el país pero, también, para las aspiraciones independentistas. Un objetivo tan ambicioso, en la España y Europa de hoy, solo resultaría posible de haber acumulado décadas de extraordinario buen hacer político y económico, y si una amplia mayoría de ciudadanos compartiera un proyecto de futuro cargado de contenido. No es así, y lo que vivimos estos días nos aleja aún más de esa exigencia.

Creo que, desafortunadamente,  una parte de nuestros políticos son incapaces de ir más allá de la radicalidad, mientras que a esas élites que hoy se desentienden, les sucede que, pase lo que pase, seguirán disfrutando de su bienestar personal. Y, además, durante unos años se habrán sentido como auténticos héroes.