A dos semanas de que finalice el mes de agosto y ante la bonanza de un primer semestre que ha dado señales más que positivas sobre el buen momento de la economía mundial, que crece un 3,4%, es necesario plantearse qué debe hacerse para no truncar esta tendencia. Y es que, en muchas ocasiones, es más recomendable pensar en no estropear las cosas que van bien, antes que empeñarse en introducir frenos con la ingenua visión de obtener supuestas mejoras sobre lo que ya funciona.

Sin duda, los nubarrones que, hace tan sólo un año, amenazaban con interrumpir la ­favorable evolución económica han desa­parecido. Por ejemplo, las elecciones en Francia han restado incertidumbre a la inestabilidad política europea; también en Reino Unido, los ciudadanos británicos han dado su preferencia hacia un Brexit suave, y la pre­visión de una curva ascendente en el precio del petróleo será más moderada de lo que parecía inicialmente. Al mismo tiempo, los indicadores del PIB y del desempleo son también muy positivos, en nuestro entorno y, muy especialmente, en Catalunya. 

Es obvio que hay que trabajar para reducir la precariedad en el mercado laboral y la desigualdad, y también promover la formación y la innovación como receta principal para ser más competitivos y eficientes. Pero lo fundamental va razonablemente bien.

De algún modo, todo ello significa que, por un lado, no se hacen tan mal las cosas desde los gobiernos responsables de orientar las políticas públicas y ejecutar las reformas­ ­necesarias y, por otro, que los propios ciudadanos toman sus deci­siones atendiendo a sus intereses e incluso corrigiendo resultados electorales que, han entendido, no be­neficiaban el bien común ni el progreso de sus países.

En los últimos años me he referido al factor político como el principal interrogante en Europa. Con toda seguridad, la extrema y ­radical tensión política en España ante el referéndum del 1 de octubre es hoy uno de los principales factores de incertidumbre en ­Europa. Es triste y decepcionante que desde el 2010 no se haya podido establecer un proceso de diálogo, negociación y pacto, entre el Gobierno de España y la Generalitat de Ca­talunya.

Catalunya pide, espera y merece una propuesta. Una propuesta que podría articularse en torno a los siguientes puntos: el reconocimiento explícito de Catalunya como nacionalidad, según ya se contempla en el artículo 2 de la Constitución; la ampliación de competencias en materia de gestión tributaria; la adecuada dotación presupuestaria para atender la ejecución de inversiones en infraestructuras relevantes, como es el corredor mediterráneo; la reforma de las administraciones territoriales; y, por último, la presencia de Catalunya en ámbitos internacionales.

La administración pública debe procurar que los servicios fundamentales de un país funcionen, y que tengamos la certeza de que se aplican los recursos suficientes a las ­necesidades de ciudadanos y empresas. En definitiva, que no se rompa lo que va bien, ­pero que no falte el impulso para resolver los problemas y compensar los déficits que son evidentes desde hace tanto tiempo.

Es inconcebible, por ejemplo, que durante este mes de agosto el aeropuerto de Barcelona haya sido una vez más objeto de tantas incidencias que han perjudicado a muchos viajeros y que han afectado, sin lugar a dudas, a la imagen de la ciudad Barcelona, que goza de una magnífica reputación y es un destino deseado por el turismo y por los inversores.

Tenemos la obligación de proteger y mejorar la proyección de Barcelona y Catalunya al mundo, y no podemos permitirnos asistir al espectáculo de un aeropuerto colapsado por la huelga de unos empleados de los controles de seguridad, que dependen de una empresa subcontratada por Aena. Un aeropuerto de una ciudad como Barcelona es un servicio público de primer orden. Tal vez sería recomendable que los concursos públicos para servicios esenciales, que se resuelven desde empresas y operadores fundamentales para un país, se atiendan con los recursos presupuestarios suficientes.

En la vida, evitar problemas depende, en buena medida, de anticiparse a ellos. Es decir, de actuar con previsión y planificación. Cuando una crisis estalla, ya muy poco se puede hacer. Sólo esperar a que pase la tormenta y desear que los daños sean moderados para afrontar en mejores condiciones el día después.

Por esta razón, desde el ámbito empresarial entendemos que ahora debemos procurar que todo aquello que funciona siga su curso; que allí donde se detectan problemas, se avancen soluciones y corrijan errores; y, por último, perseverar e insistir, hasta el último suspiro, que en estos momentos trascendentales no es la capacidad de resistencia lo que importa, sino escuchar, hablar y gestionar activamente los problemas, que eso justamente es com­prometerse con el bienestar de los ciudadanos.