Dos semanas siguiendo a mucha distancia la realidad política, que se puede convertir en una obsesión cuando se vive muy pegado a ella, te permiten descubrir que las corrientes de fondo permanecen inalterables. Siguen los mismos titulares, iguales declaraciones, amenazas invariables sobre lo que piensan hacer los principales protagonistas. Los problemas que tiene cualquier sociedad democrática pueden variar en los temas pero no en su nivel de intensidad.

He releído el breve ensayo de José Ferrater Mora sobre las formas de la vida catalana, escrito hace ya más de medio siglo, y se pueden detectar algunas de las sorpresas que nos asaltan al comprobar la confusión en la que vivimos. Dicen que Tarradellas ­dijo que se puede hacer todo menos el ridículo. Ferrater Mora no entra en esta descripción pero sí que apunta que a los catalanes no les gusta demasiado que los tomen por incompetentes. 

Pienso que uno de los rasgos del momento actual es la incompetencia de una clase política que actúa como si la comunidad internacional aprobara todos y cada uno de los movimientos hacia la independencia, como si el Estado estuviera de acuerdo con los ­pasos dados hasta ahora por el Govern de Catalunya y como si los catalanes pensáramos todos lo mismo sobre el referéndum y la independencia.

Ferrater Mora habla también de la me­sura, sobre todo en la capacidad de saber distinguir entre el ideal y la realidad, dos conceptos que hay que reconocerlos tal como son y procurar acercarlos pero nunca confundirlos. En los acontecimientos que se avecinan se detecta falta de competencia y una cierta confusión entre el voluntarismo, la astucia y un ocultamiento al Parlament y a la sociedad catalana sobre cómo se va a ­celebrar el referéndum previsto para el primero de octubre.

La incompetencia puede ser querida, ­calculada, pero en cualquier caso demuestra un desconocimiento de las reglas de juego para llevar a cabo una ruptura saltándose la legalidad, tanto del Estatut como de la Constitución.

Mariano Rajoy puede estar abusando de su posición de fuerza y pensar que con cuatro recursos al Constitucional se va a resolver un conflicto en el que los populares encendieron la mecha al conseguir miles de firmas en contra del Estatut del 2006 que fue ratificado por el Congreso y por el pueblo de Catalunya en referéndum y que en la sentencia del TC del 2010 fue incomprensiblemente purgado con una gran garlopa, según ironizó sarcásticamente Alfonso Guerra. Aquel despropósito político y jurídico promovió la corriente de desconfianza que afecta a todas las partes implicadas. Si no se recupera la confianza mutua será imposible sentar las bases para un pacto que al final tendrá que alcanzarse sean cuales fueren las consecuencias a corto plazo de la confrontación que está en marcha.

La alianza entre Junts pel Sí y la CUP para investir a Carles Puigdemont no fue una incompetencia, sino un error. El mismo que había costado el cargo de Artur Mas y el que ha condicionado el calendario del proceso en los últimos dieciocho meses. La CUP actúa de portavoz revolucionario estableciendo la fórmula de que sin desobediencia no hay independencia. La diputada Anna Gabriel ha repetido que lo que está en juego es “la ruptura con el Estado español”.

El lenguaje cupero marca muchas pautas políticas ante el silencio de Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, que no saben cómo ofrecer una alternativa independentista sin el sabor revolucionario que impregna el discurso de varias facciones de la CUP. Cuando el conseller Santi Vila se atreve a criticar las líneas leninistas de los carteles de propaganda cupera, es inmediatamente señalado para que abandone el Govern porque Vila puede ser “muy bueno para un país de ricos pero no para un país de gente pobre”.

Los diez diputados de la CUP tienen la representación que salió de las urnas y han utilizado sus votos para la investidura y para señalar el camino más rápido y expeditivo hacia la república catalana. El viejo partido de referencia en Catalunya –ahora llamado PDECat– se atreve a plantar cara al discurso de la CUP, a la que acusa de “dogmatismo y superioridad moral”. ERC no dedica tiempo ni esfuerzos para contradecir a los socios que les dan apoyo en la Cámara. La división entre las fuerzas políticas del indepen­dentismo no es táctica ni estratégica, sino ideológica.

Aquellas formas de la vida catalana de Ferrater Mora que resume en el seny, la mesura y la ironía parece que están de vacaciones desde hace unos años. Habrá que recuperarlas antes o después del 1-O para no romper las vajillas que adornan nuestro patrimonio colectivo, que es plural y que acaba siempre inclinándose hacia el centro de gravedad.