Ya estamos en el punto exacto o aproximado adonde anhelaban llegar los dos nacionalismos que tienen el país amorrado al abismo. La metáfora de los trenes no se ajusta bien al caso, no hay un choque definitivo y después la nada herrumbrosa y chirriante. Le viene mejor la de los carneros. Testuz contra testuz. Una embestida, y otra, y otra más. O las despiadadas pinturas de Goya en su casa de la Quinta del Sordo.

Con cada colisión de cornamentas, ambos nacionalismos exhiben sus triunfos particulares mientras escriben mano a mano el guión de un fracaso colectivo de dimensiones históricas.

La  primera víctima en todo conflicto suele ser la verdad. El catalán no es una excepción. La propaganda es enloquecedora. Pero por más hipnóticos que sean los cánticos, ni el Gobierno de Puigdemont ha dado un golpe de estado, ni el de Rajoy ha instaurado un estado de excepción en Catalunya ni ha hecho presos políticos. Es sonrojante escuchar determinados delirios en boca de representantes públicos travestidos de agitadores de masas.

Forzando la democracia

Lo que sí han hecho ambos gobiernos es forzar las costuras de la vestimenta democrática hasta límites inaceptables. El Ejecutivo independentista, al quebrar los derechos parlamentarios de la oposición y romper unilateralmente con la Constitución y el propio Estatut. Y el Estado, al sobreactuar en la persecución de la organización de un referéndum ilegal y pretender con ello no solo la defensa estricta de la ley, sino además la humillación y el escarnio del adversario.

Con esta última embestida, Rajoy quizás haya desbaratado la logística del referéndum hasta el punto de impedir de facto que el 1-O pueda ser algo más que una movilización política. Pero ha perdido definitivamente la batalla propagandística en Catalunya. Fiel a su condición de bombero pirómano y santo benefactor del independentismo, ha tapado la vergonzosa imposición de las leyes de desconexión en el Parlament y ha empujado a miles de demócratas no independentistas a formar junto a Puigdemont y Junqueras. Ha regalado a sus adversarios un cambio sustancial en el relato: el eje democracia/autoritarismo eclipsa ahora al de independencia/no independencia. El beneficio para los independentistas es notable: ahora se amparan en ello para arrogarse en las calles la mayoría que les negaron las urnas.

Hace muchos años ya que el PP sabe que puede gobernar España sin base electoral en Catalunya y, más interesante aún, que el PSOE es incapaz de ello. Y que cuanto más se agria el conflicto catalán más desabrigados quedan los socialistas. Este cálculo electoral no es ajeno a la colosal irresponsabilidad de estado del PP con Catalunya, fraguada en los días en que, en la oposición, recogía firmas contra el Estatut.

Extremos reforzados

Al PP no le preocupa su ruina electoral en Catalunya. Lo que sí le preocuparía es que las cancillerías europeas pudieran llegar el 1-O a la conclusión de que el Estado español no es capaz de mantener el principio de legalidad constitucional en todo su territorio. Esto, que no hay que confundir con las movilizaciones independentistas por masivas que sean, no pasaría por alto en el entorno internacional.

Entre tanto, la escalada de tensión refuerza ambos extremos en sus respectivos feudos y descoloca a los demás. Desubicada por el estrés ‘procesista’ y presionada por la versatilidad de Podemos en el conflicto, la resurrección de Pedro Sánchez puede quedar en nada si no halla el modo de tomar la iniciativa con una propuesta clara de defensa del diálogo, la ley y las libertades.

Difícil tarea en un escenario poblado por los monstruos que produce el sueño de la razón, que diría, y pintaría, Goya.