El 1 de octubre ya está aquí. La gravedad y la incertidumbre de los acontecimientos en los próximos días no borra, según mi opinión, una doble evidencia. Ni el Gobierno español ganará por diez a cero, ni la república catalana nacerá, ex nihilo, el 2 de octubre. Sin volver a valorar los argumentos sobradamente esgrimidos por ambas partes, el momento puede resumirse así: El independentismo catalán llega al día elegido, con una estrategia política, mezcla de un encendido grito de aux, acompañada de recursos jurídicos ante quien no reconoce. El Gobierno del Partido Popular utiliza ásperamente y abusivamente la legalidad vigente, para esconder una clamorosa incompetencia política. Asfixia financieramente a la Generalitat, invade y reprime derechos democráticos fundamentales como los de expresión, reunión e incluso permite detenciones arbitrarías de cargos públicos. Parece talmente una operación jaula. Mejor dicho, sería como una copia patosa y políticamente desastrosa de las exitosas operaciones jaula de nuestros Mossos d’Esquadra. Ahora bien, con independencia de la gravedad de los hechos, dos cosas parecen seguras. Por una parte, la identidad catalana saldrá reforzada, pues en un marco democrático, el catalanismo no dejará de crecer ni buscar nuevos instrumentos para alcanzar la máxima autorrealización. Por otra parte, una España moderna, democrática y vigorosa necesitará ineludiblemente el concurso del dinamismo, creatividad y capacidad de una Catalunya sin limitaciones ni obstáculos, si quiere seguir siendo respetada internacionalmente.

No se sabe cómo, ni en qué marcos y formatos, pero después del choque institucional, se impondrá el restablecimiento del contacto y diálogo político entre las fuerzas políticas catalanas y españolas. La gran complejidad del problema, la clamorosa falta de diálogo inclusivo y respetuoso entre las partes obliga a los partidarios de la política del pacto y del acuerdo a correr el riesgo de caer en un fácil y cómodo recetario de soluciones puramente especulativas. Con todo, en mi opinión, las premisas de un nuevo y posible acuerdo tendrían que incluir y resolver al menos las siguientes cuestiones:

A) Reconocimiento, respeto y lealtad recíproca entre las dos identidades nacionales. La identidad o sentimiento de pertinencia no es medible, no puede valer más una que la otra. Igual que la dignidad, no debe cuantificarse. Se tiene que respetar en lo que es: el sentimiento de los que se sienten formando parte de un pueblo. Haría falta un reconocimiento recíproco, solemne y explícito, de una nación catalana, sin Estado, y una nación española, hasta ahora, detentora exclusiva del Estado dibujado a la Constitución del 78.

B) Regular una nueva relación entre la Generalitat y el Gobierno de España que al menos incluya la resolución de los siguientes contenciosos: 1) Competencias exclusivas en el área identitaria: lengua, cultura, educación. 2) Competencias financieras con la ordinalidad como principio rector de un nuevo acuerdo fiscal, creando una Agencia Tributaria compartida. 3) Competencias político-administrativas entre las que sobresaldrían: el establecimiento de una correlación entre la aportación catalana al PIB y compromisos de inversión estatal. Consorciar con la Generalitat todas las actuaciones inversoras del Gobierno central en Catalunya para asegurar su efectivo cumplimiento.

C) Restablecer plenamente el papel de la Generalitat como representante ordinario y único del Estado en Catalunya. Situar diputaciones y ayuntamientos bajo la jurisdicción de la Generalitat.

D) El acuerdo resultante debería ponerse a votación en Catalunya, antes de incorporarlo al nuevo marco constitucional, vía d isposición adicional o lo que mejor convenga.

Los que, desde un catalanismo de largo recorrido, hemos rechazado siempre el choque al todo o nada, por el vicio de explorar siempre el diálogo y el pacto, nos encontramos desde el primer día huérfanos de respuesta y/o señal de ambas partes. Pero naturalmente siempre quien más puede es quien tiene más responsabilidad, y el clamoroso silencio del señor Rajoy nos obliga, una vez más, a recurrir a la pirueta, hoy fácilmente ridiculizable del arbitrismo apodíctico. Un articulista de este diario se preguntaba hace muy poco si el silencio no nos hacía responsables y si no había que romper el silencio. Esta es mi respuesta a sus reflexiones. De hecho, podría resumirse en un deseo que traduce muchos años de lucha y trabajo político. Se trata de construir un nuevo significado para una España moderna y democrática con una Catalunya nación que quiere ser distinta pero no distante.