Siempre que oigo al president Puigdemont hablar del “poble català”, me dan ganas de agitar los brazos y gritar: “¡Eh, que estoy aquí! ¡Estamos aquí, somos el 52% del poble català!”. Llámenme ingenua, pero me ha costado entender cómo los pro referéndum pueden hablar con tanto desparpajo en nombre de todos nosotros. Lo entendí por fin el otro día, discutiendo con unos músicos ambulantes: yo intentaba explicarles que tengo derecho al silencio, y ellos, impertérritos, me contestaban que “música es alegría”. Es el mismo argumento de los pro referéndum: “Votar es democracia”.

Vamos por partes. Votar no es una sola cosa: hay muchas formas de hacerlo. Por ejemplo, en elecciones. Estas nos ofrecen varias posibilidades, cada una con un programa completo; nadie gana ni pierde absolutamente, y al cabo de cuatro años podemos votar otra cosa. Un referéndum, en cambio, sólo permite dos respuestas, sumamente indefinidas (un monosílabo no es un programa) y tan radicales que la negociación es imposible; y lo peor: si gana el no, los del sí pueden pedir indefinidamente nuevos referéndums ( neverendum le llaman los británicos), pero si gana el sí, no hay vuelta atrás (que se lo pregunten a los británicos horrorizados por el Brexit).

El referéndum no es la quintaesencia de la democracia: sólo es una propuesta política entre otras, cuya aplicación será legítima si la quiere la mayoría. Pero la mayoría que votó la Constitución y el Estatut estableció unas reglas del juego que ahora no respetan Junts pel Sí y la CUP. Las cuales, recordémoslo, el 27-S obtuvieron mayoría de escaños, pero no de votos populares, ni la mayoría cualificada (2/3) necesaria para aprobar una ley como la del Referéndum. Dicho de otra manera, señor president: ¿para qué me pide mi voto, si ya voté en 1978, el 2006 y el 2015, y se está usted pasando mi voto por el forro (en nombre de una movilización callejera y unas encuestas que son muy dignas de tenerse en cuenta, pero que en democracia no valen lo mismo que los votos)? ¿O es que sólo respetará mi voto cuando sea el que usted quiere?

Mire, señor president, a mí me gusta votar, cómo no, igual que me gusta la música. Pero lo que están ustedes haciendo es como lo del trompetista que se instala debajo de mis ventanas y me obliga a oír veinte veces Oh when the saints go marching in, cuando yo lo que quería era escuchar las Variaciones Goldberg.