• El ‘diálogo’ adquiere dos significados contradictorios: hablar solo de cómo irse o debatir todo

Mariano Rajoy requirió a Carles Puigdemont que aclarara si había declarado o no la independencia. Le advirtió de que cualquier respuesta ambigua la leería como que sí la había proclamado. Y pues, que entraría en vigor el segundo requerimiento: que revocase esa declaración para “restaurar el orden constitucional y estatutario”.

Puigdemont es ambiguo, pero Rajoy le concede que “aún tiene margen para contestar de forma clara y sencilla” a la primera cuestión, casi sin blandir la segunda, que activaría la intervención de la autonomía.

¿Por qué? Aunque es obvio que si el president contesta el jueves otra vez respondiendo a lo que no se le pregunta, se activará el 155, el presidente no reitera el segundo requerimiento.

¿Por qué? ¿Por el texto? ¿O por el contexto?

Por el contexto. Carles se sale de la DUI por peteneras y le endilga a Mariano dos folios en los que incluye seis veces la palabra “diálogo” y otras 11 parientas como “solución”, “acuerdo”, “negociación”. Mariano le devuelve tres dinacuatros con cinco menciones al “diálogo”.

Para el catalán, el “diálogo” está condicionado: debe versar “sobre el problema [de Cataluña de] emprender su camino como país independiente”. Es pues sobre el modo y calendario de la secesión, no sobre otra cosa.

Para el gallego, ese diálogo a dos presidentes no es “creíble”; debe hacerse con todas las fuerzas de la oposición catalana, y también en “el espacio parlamentario” habilitado en el Congreso, tras su acuerdo para la reforma constitucional con el PSOE: allí podrá “abordarse” todo, el encaje de Cataluña, incluso las “demandas” de secesión.

Así que el significante tótem — “diálogo”— adquiere dos significados contradictorios: hablar solo de cómo irse, entre dos personas, cuando la que desea irse no tiene el refrendo ni de su propia gente. O debatir todo —algo más propio—, incluida la posibilidad de irse. Pero ese diálogo se trabaría en y con las instituciones facultadas para realizar la reforma legal (Parlament y Congreso) en que eso pudiera suceder. Y no entre dos individuos carentes de competencia.

Tanta polémica por el diálogo esconde un pulso posicional: ¿quién aparenta que no ha roto? El Gobierno de España ganó por 27 goles esa batalla en Europa, gracias al apoyo total de sus socios al respeto a la Constitución quebrantado por el Govern.

Pero este logró un escuálido (y valioso) 1 al meter Juan Ignacio Zoido gol en propia puerta —el 1-O—, con sus cargas policiales. Y ahora busca agrandarlo en la prórroga, mostrando el mejor perfil —el dialogante—, de quien antes había roto la baraja.