• Elecciones anticipadas sin DUI y diálogo bilateral sin 155. Esa es la ecuación que Puigdemont y Rajoy deben despejar

Con las lealtades rotas y el ambiente viciado, es humano resignarse al fatalismo. Demasiadas complicidades se han quebrado: ya casi nadie se fía de casi nadie, particularmente entre la Generalitat y el Gobierno del PP. Del recelo se ha pasado al resentimiento, la convicción de que las traiciones pasadas empalidecerán ante las venideras. Terreno minado para el entendimiento.

Sería propio de ilusos, pues, alimentar la esperanza de que el desenlace del conflicto catalán no sea el peor de los posibles. Y, aun así, es justo reconocer que ciertas personas de buena fe, a ambos costados de la Línea Maginot que ha erigido el procés, trabajan calladamente para horadar la muralla y abrir canales de comunicación. Silenciados por las atronadoras arengas patrióticas y las espeluznantes amenazas de intervención, los móviles siguen echando humo y algunos, sin abdicar de sus convicciones, tratan de empatizar con sus interlocutores en busca de una salida dialogada. Escenario aún improbable, pero al que no por ello hay que renunciar.

He aquí algunos de los mensajes cifrados que se emiten desde la plaza Sant Jaume y la Moncloa. Hasta la semana pasada, Carles Puigdemont desoía las voces más próximas que le aconsejaban convocar elecciones para evitar males mayores. Pero ese entorno se han ensanchado en los últimos días, y casi todas las llamadas que recibe le indican que ese el único camino para salvar ‘in extremis’ la dignidad de Catalunya, el progreso económico y la convivencia entre los catalanes. El ‘president’ ya presta atención a esas sugerencias: sobre su mesa está la convocatoria inmediata de comicios autonómicos de acuerdo con la ley vigente, tal vez dotándolos dialécticamente de cierta pátina constituyente.

Pero antes Puigdemont aguarda a que el Estado se comprometa formalmente a entablar un diálogo bilateral sobre el futuro de Catalunya, identificándola al fin como sujeto político sin que ello implique reconocerle de entrada el derecho a la autodeterminación. Exactamente lo mismo que esperaba cuando, para enojo de propios y estupefacción de extraños, dejó en suspenso en el Parlament una declaración unilateral de independencia que no había llegado a formular: una negociación sin condiciones.

NI UNA HUMILLACIÓN MÁS

Tal predisposición del ‘president’ ha llegado ya a oídos de Mariano Rajoy, quien teme sin embargo que se trate de una argucia, otra más, del frente independentista. La escenificación que hizo Artur Mas del 9-N y el éxito logístico y mediático que el soberanismo cosechó el 1-O se acogieron en el Madrid político como sendas humillaciones al Estado. No tolerarán ni una más. De ahí que, tácticamente, ahora el PP insista en que no basta con que se adelanten las elecciones para frenar la vía del 155, tan expeditiva y lesiva para la población catalana como, por cierto, incierta en su ejecución material.

La ecuación se despejará en el Senado, que ha invitado a Puigdemont a debatir con Rajoy. Cara a cara, de igual a igual. El primero debería aparcar la DUI y llamar a las urnas; el segundo, congelar el 155 y abrirse al diálogo. Quizá esta postrera oportunidad quede en nada, pero merecen reconocimiento cuantos están apurando hasta el último suspiro para impedir la debacle.